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Ciudadanía

La apatía en la que muchos se habían acomodado se ha ido convirtiendo en otra emoción distinta, mucho más colectiva y consciente de que podemos exigirle a quienes van a intervenir nuestra vida cotidiana.

24 de octubre de 2023
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  • Ciudadanía

Por Amalia Londoño Duque - amalulduque@gmail.com

Hay algunas buenas herencias de estos cuatro años de mal gobierno en Medellín.

Herencias de la ciudadanía, claro. Y de las empresas.

Las que nos deja la administración son de esas que nadie quisiera recibir: recursos comprometidos, infraestructura sin mantenimiento, desconfianza en los gobiernos, procesos sociales despedazados, organizaciones culturales agonizando, cientos de investigaciones por corrupción y una aterradora lucha de clases que empezó como un discurso electoral y que ahora se siente, como si se nos hubiera olvidado que todos habitamos las mismas montañas.

Nos demoramos en darnos cuenta de la dimensión del revolcón que estábamos viviendo: llegó a la alcaldía un personaje cuestionado, dejamos de conversar y de debatir, los discursos políticos nos enfrentaron a todos como si fuéramos miembros de bandos opuestos, una lucha de clases sinsentido que ni siquiera en los momentos más duros de la ciudad en los noventa, había sido tan latente.

No creo que hayamos actuado rápido, tampoco me parece que haya sido fácil “unirnos”. La fractura fue grave y los egos de líderes y de organizaciones, tampoco permitieron que hiciéramos algo con ese sentimiento compartido. Sin embargo, el esfuerzo de la Veeduría Todos por Medellín es tal vez la iniciativa más importante de estos cuatro años y por eso, debería ser un proyecto que continúe en la siguiente administración sin importar quién sea el que gane esta contienda.

La primera buena herencia, es pues, una decisión de empresarios, ciudadanos y organizaciones: apoyar una veeduría ciudadana que con rigurosidad ha logrado investigar y denunciar, pero que, sobre todo, ha sido el espacio al que han podido llegar muchísimas personas que quieren denunciar también, que han padecido las consecuencias de la corrupción y que antes de la veeduría, no se sentían escuchadas.

La segunda buena herencia es más personal.

Nos dimos cuenta de la importancia de la conexión de universidad-estado-empresa, vimos las consecuencias de la corrupción en la vida cotidiana: en los psicólogos de los colegios que despedían después de haber construido una relación con los jóvenes, en el incremento de la desnutrición infantil, en el descuido de espacios deportivos, en el miedo y la inseguridad.

La apatía en la que muchos se habían acomodado justificando que la política no era asunto de ellos, se ha ido convirtiendo en otra emoción distinta, mucho más colectiva y consciente de que podemos exigirle a quienes van a intervenir nuestra vida cotidiana.

Me sigue sorprendiendo que con todo lo que pasa no tengamos expresiones masivas más contundentes, más fuertes y más simbólicas, pero sobre esto también debo decir que no creo que sea un político lo que nos alivie de tanto mal.

“Cada uno de los ideales políticos más importantes está apoyado por sus propias emociones particulares”, decía Martha Nussbaum.

Según ella, “ninguna cultura pública decente puede sobrevivir y florecer sin cultivar adecuadamente el amor al país propio”. Aplica para la ciudad.

Tenemos que cultivar esa emoción que nos compromete porque no solo cada voto es importante, sino también cada veeduría, cada denuncia, cada propuesta.

Si la atención es amor, entonces prestémosle atención a Medellín, sin alarmas ni señalamientos, sino con la convicción de que eso que cada uno puede hacer: será entre todos contundente.

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