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Por Cristian Halaby Fernández - opinion@elcolombiano.com.co
«Los lugares más oscuros del infierno están reservados para aquellos que mantienen su neutralidad en tiempos de crisis moral». — Dante Alighieri.
La democracia es el arte de elegir en la imperfección. Sin embargo, a medida que el calendario electoral avanza y el embudo de la política hace su trabajo, presenciamos el auge de los “imparciales”. Tras un riguroso proceso que decantó a más de un centenar de aspirantes, los ciudadanos nos encontramos ante una decisión binaria. El filtro institucional funcionó y dejó sobre la mesa dos modelos de país diametralmente opuestos. Pero ante este escenario, un grupo de líderes políticos ha decidido atrincherarse en la neutralidad.
Aducen que ninguna opción los representa. Lo que intentan vender como pulcritud ética es un chantaje moral; una pose de superioridad que esconde la radicalización en uno mismo. Los verdaderos radicales de hoy son aquellos que, atrapados en un purismo estéril, son incapaces de creer en nadie más que en su propio reflejo. Diversos líderes que encabezaron campañas refrescantes y cargadas de propuestas hoy envían, con sus silencios ambiguos, un mensaje irresponsable a sus bases. Colombia merece conocer su posición. Quienes demostraron capacidad de inspirar no pueden, cuando el viento electoral les es adverso, retirarse a los cuarteles de invierno de la neutralidad.
Los defensores de esta supuesta pureza olvidan cómo opera la realidad. Las instituciones, las empresas y las naciones se construyen sobre el disenso y la negociación. En el plano más íntimo, todos hemos tenido diferencias profundas con nuestros padres, parejas o equipos de trabajo. A pesar de los desacuerdos, no congelamos nuestras vidas ni nos declaramos “imparciales” ante el destino familiar o empresarial. Tomamos decisiones eligiendo el camino que consideramos mejor para el porvenir común. Exigirle a un candidato la coincidencia matemática con nuestro ideario no es madurez; es un capricho narcisista.
Hoy Colombia debate su existencia futura entre dos visiones irreconciliables: un modelo que gravita hacia el estatismo, el asistencialismo crónico y la asfixia fiscal de la iniciativa privada; y otro que, con todas sus deudas por asumir, defiende la libertad económica, el libre desarrollo y la generación de oportunidades mediante la inversión y el trabajo. Ante tal bifurcación, la neutralidad se convierte en deserción.
Para un ciudadano de a pie, la abstención es un derecho legítimo. Pero en un líder político, la indeterminación es una renuncia a su propia esencia para buscar un resguardo personal. Si el gobierno resultante fracasa, les queda el argumento de no haberlo respaldado; si acierta, mantienen la distancia crítica. Es la cómoda postura del espectador que señala los errores desde la tribuna sin asumir el riesgo de entrar a la cancha.
La imparcialidad radical es el refugio de los que valoran más su vanidad intelectual que el destino de la República. En momentos decisivos, la neutralidad es complicidad con el peor escenario. Es hora de asumir la responsabilidad y elegir.