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Partir la vida en mundiales

Porque la vida empieza a contar de verdad desde que uno se acuerda plenamente de su primer mundial, y para mí ese fue el del 2006: sentir que el mundo se detiene ante un acontecimiento que marca una era.

hace 2 horas
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  • Partir la vida en mundiales

Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com

Esta semana cumplo ocho mundiales de edad.

Bueno, en realidad, seis mundiales hábiles: sería una injusticia contar en la lista el de Francia 98, pues, aunque me gustaría acordarme de los cabezazos de Zidane (de los buenos), no tenía ni un año. Y lo mismo el del 2002, del que no recuerdo sino tenues destellos de la verdeamarela y de mi papá celebrando los goles de Ronaldo.

Porque la vida empieza a contar de verdad desde que uno se acuerda plenamente de su primer mundial, y para mí ese fue el del 2006: sentir que el mundo se detiene ante un acontecimiento que marca una era. Todo en función de llenar el álbum: los recreos, las tardes en la casa, los sábados en la mañana cambiando laminitas en la calle. La ansiedad colectiva ante la inminencia de la inauguración. El último mundial fue en la prehistoria, el siguiente en un futuro remoto, y todo lo que ocurre en él es eterno: el gol de volea de Maxi Rodríguez contra México que viste en la sala del segundo piso después de un almuerzo donde tu abuela, el gol de Kaká en el debut de Brasil que proyectaron en el coliseo del colegio, el primer gol de un joven Messi contra Serbia y Montenegro (un país que ya no existe), que no viste mientras ibas de la casa al colegio, el gol agónico de Grosso en la semifinal, el balón Teamgeist dorado en el Olímpico de Berlín, el cabezazo (el malo) de Zidane a Materazzi, la gallardía de su penalti. Todo parece único, irrepetible, irremplazable. El siguiente mundial es distante: estarás ya en bachillerato, tendrás doce años, una eternidad por delante.

Y cuando uno menos cree, llega Sudáfrica y se repite la historia, pero con menos mística: el Waka Waka, el gol de Tshabalala, el pulpo Paul, los F50 amarillos de Robben, las voleas de Forlán, el tiki-taka imparable de España. Ya no es un momento fundacional. Ya son dos mundiales. Para el siguiente seguirás en el colegio, pero ya no se ve tan lejos. Se suman las Eurocopas: el mundo empieza a medirse de dos en dos años, o menos si cuentas los Olímpicos. Llegó Brasil 2014 y esta vez estuvo Colombia: el primero de tu Selección que te toca, y la vida llega a su cúspide con el gol de James Rodríguez contra Uruguay (y desde entonces va en picada). Pero pasó, y llegó Rusia, y ni el álbum llenaste, y llegó Catar, desabrido y en diciembre, sin Colombia, y te diste cuenta de que incluso a fin de año es difícil capar trabajo para ver partidos, y de repente está inaugurándose un nuevo mundial en el mítico estadio Azteca y por estar entre reuniones ni lo viste: del marcador te enteraste al final de la tarde y, al escribir esta columna, no has ni visto los goles.

Y así, te das cuenta de que llegaste al punto de poder partir tu vida en mundiales: el de Corea-Japón como un cambio de país, el colegio entre Alemania y Brasil, la universidad con Rusia como intermedio, el de Catar como un nuevo trabajo, y ahora de México/USA/Canadcomo un tránsito que dentro de unos años sabrás qué es. Y los ocho que llevas como la mitad de algo que se acaba, o apenas un tercio de algo que está por venir.

De pronto, mejor no ser tan pendejo como para perderse los partidos que quedan.

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