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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 22 de junio de 2019

Diatriba contra la mediocridad

La mediocridad es una constante en el diario vivir de la mayoría.

No se trata de la “aurea mediocritas”, la dorada mediocridad del poeta Horacio, esa saludable moderación que nace del principio de que la virtud está en el medio (“in medio virtus”), sino de la mediocridad en el sentido peyorativo de la palabra. Basta mirar la gente, examinar sus caras y sus andares, someter a escrutinio sus actitudes y el resultado de sus trabajos. Siempre ahí, en un rincón como una gata echada, la mediocridad.

Indisciplina personal y social. Atonía vital. Indefinición, desgana, falta de vigor. Hacer las cosas a medias. O dejar las cosas a medio hacer, que es peor. Atávica resignación. No exigirse. Cumplir por cumplir. La perfección es un embeleco. Entusiasmos fáciles y extemporáneos, de un día.

Con pocas excepciones, que confirman la regla, es aterradora la mediocridad circundante. Los jóvenes se instalan en una desesperante medianía que a la larga terminará acompañándolos toda la vida. Sin ideales, con una rebeldía adormecida por el “rock” y las modas gringas o los “reguetones” advenedizos.

Sin sentido de patria. Sufriendo a regañadientes un bachillerato que apenas los barniza con una cultura impersonal y vaga, para luego rodar por la pendiente imparable de una existencia desleída en el desencanto.

Universitarios por inercia. Profesionales porque no hay otro camino que coger. Anclados a la postre en la mediocridad, cuando ya se han hecho humo los sueños. Trabajando para justificar un sueldo; cobrando un sueldo, para mercar; mercando para no morirse de hambre, aunque el alma se esté muriendo de tedio. O de risa. Envejeciendo prematuramente para que nos jubilen o porque ya nos jubilaron. Pareciera que los únicos que toman la cosa en serio, hasta el fondo, sin mediocridades, son los niños. Y los muertos, claro.

Asfixiante mediocridad en los puestos públicos. Burocracia, papeleos, demoras, incumplimiento, corrupción. Puestos públicos para ocupar, no para hacer algo. Puestos honoríficos para figurar, para hacer una “carrera fulgurante”. La efectividad, la eficiencia, es lo de menos.

¿Control de calidad? Eso es en teoría, en los títulos de los libros de mercadeo y administración en la voz dolarizada de los expertos traídos del extranjero a dar conferencias. No, mijo, haga lo que pueda, termine eso como sea, lo importante es cumplir a como dé. Tape y coma callado. Que vengan los reclamos cuando ya no hay nada que hacer. No importa, para eso están la justicia comprada y los fallos siempre inconclusos.

La mediocridad no admite escrúpulos. Ni tampoco remordimientos. Después de todo, la desfachatez de los mediocres que mandan, producen y conducen, cuenta para sus desafueros con la resignación de los mediocres que obedecen, consumen y se dejan guiar como borregos.

No es tan difícil encontrar la raíz de la corrupción.

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