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Ciudadano de quinta

hace 1 hora
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Por Diego Aristizábal - desdeelcuarto@gmail.com

¿Por qué ser un ciudadano común y corriente en un país como el nuestro suele ser tan complejo? ¿Por qué, a veces, hay que enojarse para que ese asunto que antes no se podía ahora sí se pueda, e incluso, unas discretas disculpas se cuelen al final del servicio? ¿Por qué algunas personas detrás de la “taquilla” actúan con prontitud si la frase es antecedida por un: “mi tío es, mi abuelo fue, así, por lo visto, quien busca un respaldo nunca se preocupe por ser él mismo? En este país, lástima, no basta con ser sencillito, lo que uno puede ser, y ya.

A muchos se les olvida que no debería ser necesario rogarle a nadie para ser atendido con diligencia y efectividad. Ese asunto de “depende el marrano” nos ha hecho tanto daño que, sin pretenderlo, creo yo, nos ha puesto a comportarnos como si viviéramos en una pocilga. En realidad, no todo (o nada) debería depender de una apariencia, ni de un poder especial. Cuando esto se dé, con seguridad este país de “protegidos” será más equitativo, más incluyente y, sobre todo, más honesto; de lo contrario seguiremos anhelando intensamente ser “alguien” con poder para ganarnos el mínimo respeto.

Cuándo será que en este país un ciudadano goza de un sistema de salud pleno, porque ya lo paga según sus ingresos, que además son solidarios, y no tiene que recurrir a una póliza de salud para ser atendido con privilegios en un hospital. No se trata de si puedo pagar la pago, se trata también de velar para que todos podamos disfrutar de una buena atención, si unos cuantos son los privilegiados, el dolor pasará por los laditos, y quien no puede pagar este privilegio, pues que se salve solito. ¿Qué hacer ante el dolor de los demás?

En este país donde gastamos tanto en escoltas, no soporto a la mayoría de ellos ni a los séquitos de simples “poderosos”. Me enervan aquellos que creen que su afán es más valioso que el de los demás. Irrumpen el tránsito normal, no les importa agredir al otro por el simple hecho de tener vidrios blindados y unas cuantas motos que hacen que parezcan, más que servidores públicos, un grupo de mafiosos huyendo. Colombia, lastimosamente, es uno de esos países que le rinde pleitesía al funcionario público cuando debería ser al contrario.

Ser un “don nadie”, como despóticamente se le llama al ciudadano común y corriente, debería ser una virtud. Que baste la cédula y el nombre para obtener por derecho propio lo que se necesite. Que baste la simple cara para que se respete el orden natural de las filas. Que no sea necesaria una llamada para que se priorice un trámite. Ojalá pronto reine el ciudadano común y corriente en un país que se lo han tratado de apropiar unos pocos oportunistas que abusan de su “poder”.

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