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Prohibido morir aquí

Lo que sí es claro, es que esta novela no es indulgente con la vejez, nos recuerda que ser viejo es un trabajo duro.

hace 2 horas
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  • Prohibido morir aquí

Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com

Yo no creo que mis abuelos hayan pensado mucho en su vejez cuando eran jóvenes, me da la impresión de que querían vivir lo que más pudieran, cumplir con sus obligaciones, y listo, y que la vida termine como tiene que terminar: ojalá ordeñando las vacas, como murió mi abuelo paterno. Ojalá feliz, mudándose de casa en casa y charlando con sus amigas, como murió mi abuela materna. Me da la impresión de que antes no se pensaba tanto en lo que significa envejecer.

Hoy, yo sí creo que pensamos más en qué pasará cuando seamos viejos, ya no es un asunto que llega y se asume. Hoy siento que envejecer debe ser un plan de vida, con las implicaciones que esto tiene y porque muchos no tienen cómo organizar el final natural de una vida. Pienso mucho en esto porque, lo confieso, yo no me veo viejo, por muchas razones que no alcanzo a explicar en esta columna. Lo que sí es cierto es que envejecer, más que un asunto romántico, de plenitud, respeto y sabiduría, tiene muchos matices, muchas tristezas. Algunos de ellos se exploran con ironía y majestuosidad en “Prohibido morir aquí”, una novela de Elizabeth Taylor, no caiga, no es la actriz que deslumbró al mundo, esta es ‘la otra Elizabeth Taylor’, una de las escritoras británicas más relevantes del siglo XX y, desafortunadamente, muy poco conocida.

La señora Palfrey, después de haber enviudado, decide irse a vivir al hotel Claremont, un lugar que era como una versión disecada y reducida del mundo escolar. Allí, en medio de viajeros que se quedan una noche, hay un diverso grupo de jubilados que son huéspedes fijos, muy a pesar del gerente del hotel, quien no vive muy contento con ellos porque gastan poco y ocupan mucho espacio; sin embargo, aprende a vivir con esas molestias, lo que sí les advierte es que en el momento en el cual no puedan valerse por ellos mismo, deben abandonar el hotel, está “prohibido morir aquí”.

A este lugar llega la señora Palfrey, quien tiene como regla: “sé independiente; nunca cedas a la melancolía, nunca gastes tu capital”. Y así se involucra modestamente con las señoras Arbuthnot, Post, Burton, Salis, mujeres de todo tipo que le enseñan que si quiere conservar la cordura también ella debe cambiar. Ah, claro está, también le recuerdan que, incluso en este lugar, deben guardarse las apariencias. Esto lleva a más de una a mentir y a tener que recordar las mentiras para no ser la comidilla de nadie.

Puede que envejecer sea aprender a esperar mientras la vida transcurre en soledad, puede que surjan ciertas complicidades entre los pobres residentes, momentos que dan pie a recordar la vida, no desde lo que se tuvo sino desde lo que se es y aún hoy se sigue construyendo. No hay que desear que la vida pase lo más rápido posible, sino que cada segundo se justifique con algo. Cosas así alcanza a vivir la protagonista con un joven escritor llamado Ludo. Lo que sí es claro, es que esta novela no es indulgente con la vejez, nos recuerda que ser viejo es un trabajo duro, “es como ser bebé, pero a la inversa. Un niño pequeño aprende algo nuevo cada día; un anciano olvida algo cada día”. Mejor quedémonos con esta frase de Marta Jiménez Serrano: “Vejez, divino tesoro. La juventud la tiene cualquiera”.

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