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El Proceso 8.000 todavía vota. No solo por lo que ocurrió sino por las banderas que dejó tiradas.
Por Juan Carlos Manrique - opinion@elcolombiano.com.co
Hay partidos que mueren perdiendo elecciones. Otros tienen una muerte lenta y cruel: Sobreviven mutando hasta convertirse en carpas electorales especializadas en otorgar avales espurios. Conservan la personería, pero pierden la capacidad de representar una transformación ganadora del país. Eso le ocurrió al Partido Liberal después del Proceso 8.000. No desapareció. Sobrevivió. Y a veces sobrevivir es la forma más amarga de la ruina.
El liberalismo se autodefinía como una coalición de matices de izquierda democrática bajo los criterios de la Internacional Socialista y la tradición socialdemócrata: reformista, institucional, incluyente, social, con vocación de poder y respeto por las reglas. Una izquierda que quería transformar la sociedad sin romper la democracia liberal, sin romper los límites del poder.
El liberalismo podría haber tenido un gran futuro bajo el liderazgo valiente y renovador de Luis Carlos Galán. Él tenía claras las fronteras. En el contexto de la campaña presidencial de 1982, trazó una frontera al rechazar públicamente a Pablo Escobar y al movimiento Renovación Liberal, que pretendían adherir al Nuevo Liberalismo. Lo que sucedió después, hasta su magnicidio, ya lo conocemos.
Frontera que no marcó Ernesto Samper. La condena de Santiago Medina, tesorero de la campaña Samper, por enriquecimiento ilícito en favor de terceros, no fue un simple episodio judicial. Fue el momento en que el liberalismo perdió algo más grave que una absolución histórica: perdió definitivamente la autoridad para seguir hablando en nombre de la izquierda democrática.
Eso lo entendió Álvaro Uribe, quien antes de encarnar la derecha contemporánea, había pasado por Poder Popular, la corriente liberal liderada por Samper y había defendido las tesis del Estado comunitario. Y eso lo entendió también hábilmente Petro. Por culpa del Proceso 8.000, las banderas liberales quedaron tiradas en el piso, listas para ser recogidas por el nuevo socialismo del siglo XXI. Las banderas abandonadas siempre encuentran nuevo dueño; y, en tiempos de posverdad, también encuentran quien las deforme bajo maquillajes de progresismo.
Ahora nos enfrentamos a unas nuevas elecciones presidenciales. El programa de Iván Cepeda – lo que está escrito - no lo describiría como comunismo clásico. Pero sí lo describiría como muy alejado de la democracia liberal. No solo por lo escrito. Sino también por su promesa de ser la segunda fase, más radical, de un gobierno al cual la democracia liberal le exacerba.
Ahí queda atrapado el elector liberal que todavía cree en esas banderas. Demasiado liberal para votar tranquilamente por una izquierda estatista, distante de la democracia liberal y muy complaciente con la corrupción; y demasiado reformista para sentirse representado por una derecha que no levanta con suficiente fuerza la bandera contra la desigualdad y es igualmente complaciente con la corrupción. Queda entonces aplicar nuevamente el viejo recurso triste: votar por el mal menor. Mientras tanto los políticos mercantilistas, se frotan las manos.
Por eso, treinta años después, el Proceso 8.000 todavía vota. No solo por lo que ocurrió entonces, sino por las banderas que dejó tiradas y por los electores que todavía buscan, sin encontrarla, una casa donde quepan al mismo tiempo democracia liberal, igualdad de oportunidades, lucha contra la corrupción y una frontera clara frente al narcotráfico. En resumen: una Colombia decente, moderna y ganadora.