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Por Juan Esteban García Blanquicett - @juangarciaeb
En el debate público colombiano se ha vuelto frecuente desconfiar de lo que funciona. Lo que perdura se sospecha; lo que crece se cuestiona; lo que construye, se deslegitima. En ese ambiente, el Grupo Empresarial Antioqueño ha sido reducido a una caricatura útil para discursos que necesitan enemigos más que argumentos. Pero detrás de esa simplificación hay una historia distinta: la de una de las pocas experiencias empresariales en Colombia que ha logrado combinar éxito económico, arraigo territorial y responsabilidad institucional. Por eso vale la pena decirlo con claridad: yo sí quiero al GEA.
Existe una verdad incómoda, y a menudo eludida: no puede haber empresas exitosas en sociedades fracasadas. Donde la violencia es endémica, las instituciones son frágiles y la desconfianza domina, la inversión se retrae, el empleo formal se evapora y el crecimiento se vuelve efímero. Por eso resulta tan significativo recordar que, en los años más oscuros del país, cuando el narcoterrorismo de Pablo Escobar pretendía imponer una lógica de miedo y destrucción, un grupo de empresarios decidió apostar exactamente por lo contrario: construir.
Mientras las bombas buscaban desarticular el tejido social, empresas vinculadas al GEA insistían en fortalecerlo. Promovían confianza, legalidad y cultura ciudadana en medio del caos. Símbolos como el recordado “tigre” de Suramericana no eran simples campañas publicitarias: eran mensajes de esperanza, una afirmación silenciosa de que aún era posible creer en la sociedad.
El origen del GEA, en lo que se conoció como el “Sindicato Antioqueño”, no fue una maniobra oportunista, sino una respuesta defensiva y visionaria. Su propósito era proteger la empresa colombiana, evitar su fragmentación y sostener la capacidad productiva en un entorno adverso.
Esa misma coherencia se refleja en una visión integral del desarrollo: el impulso a la educación mediante becas, apoyo a universidades y formación de liderazgo; el respaldo sostenido a la cultura en distintas regiones del país; el trabajo en desarrollo territorial, sostenibilidad ambiental y apoyo a comunidades; y la promoción de valores cívicos como la legalidad, la confianza y la convivencia. A esto se suma su impacto estructural: generación de empleo formal, formación de talento y construcción de estándares empresariales que han fortalecido la competitividad del país. No son acciones aisladas, sino expresiones de una convicción clara: no puede haber empresa sólida sin una sociedad fuerte.
Colombia necesita más construcción y menos destrucción. Necesita empresas que piensen en décadas, que asuman responsabilidades y que puedan ser exigidas precisamente porque tienen arraigo. En ese sentido, el GEA no es solo un conjunto de compañías: es una manera de entender el desarrollo, un desarrollo que ha mostrado resultados y que, precisamente por eso, incomoda a las narrativas populistas que prefieren desacreditar lo que funciona antes que construir algo mejor.
Esta columna es, finalmente, un reconocimiento: un homenaje a quienes han edificado esa visión desde la empresa y la responsabilidad. Entre ellos se destacan Nicanor Restrepo, Jorge Mario Velásquez, Ricardo Sierra Moreno, Carlos Raúl Yepes, David Bojanini, Jorge Molina Moreno, José Alberto Vélez, Carlos Enrique Piedrahita, Adolfo Arango, Sol Beatriz Arango, Carlos Ignacio Gallego, Fabio Rico Calle, Santiago Mejía Olarte y su familia, entre otros.
Hombres y mujeres que entendieron algo esencial: que hacer empresa en Colombia no es solo generar riqueza, sino sostener, incluso en los momentos más difíciles, la posibilidad misma de construir país.