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Lina María Múnera Gutiérrez
Columnista

Lina María Múnera Gutiérrez

Publicado el 01 de abril de 2022

El amor, siempre el amor

Amor, romance, inconformismo, pasiones contenidas y buenas maneras. Mansiones en el campo o la ciudad que sirven de escenarios idílicos para que jóvenes despreocupados se dediquen a socializar. ¿Qué será lo que nos arrastra todavía hacia estas historias, en plena era digital y a punto de adentrarnos en el metaverso? Recién estrenada la segunda parte de los Bridgerton, el súper éxito de Netflix cuya primera temporada fue vista en 82 millones de hogares de todo el mundo, vale la pena hacerse esa pregunta.

La época de la Regencia, un periodo muy corto de la historia del Reino Unido que va de 1811 a 1820, ha dado mucho de sí. Primero, desde el mundo de la literatura, con los libros de Jane Austen, emblemática escritora inglesa de obras tan famosas como Emma, Orgullo y prejuicio y Sentido y sensibilidad. Y, más adelante, desde el cine y la televisión, con toda clase de adaptaciones que siempre terminan cautivando a un público inmenso sin importar la época en la que se estrenen.

Sin embargo, hay ciertas coincidencias. Las historias de Austen, serenas y tranquilas, fueron publicadas en un momento de grandes conflictos para su país. Las guerras napoleónicas y la extensión del colonialismo inglés generaban un ambiente de incertidumbre constante. Los lectores, por ende, encontraban un escape en sus libros. Dos siglos después, cuando se estrena una serie como la de los Bridgerton, el mundo se encuentra exhausto por los confinamientos y sufriendo la última ola de covid. Qué puede ser más reconfortante que abstraerse de toda esa realidad y dejarse llevar por un mundo de aristócratas ultramodernos para su época, con ideas que empezaban a cuestionar el papel de la mujer en la sociedad o a enfrentar el concepto del deber sobre la elección de vida individual. Y, por supuesto, están los vestidos, los bailes, los recorridos por parques maravillosos que siempre están florecidos, la decoración, el refinamiento y el amor, siempre el amor.

Y, de repente, cuando vivimos en directo el absurdo de la guerra y sus consecuencias en todo el mundo, llega la segunda temporada de esa serie para sacarnos de la realidad y arrastrarnos a la tierra de la ficción. Para hacernos vivir en una ciudad cosmopolita imaginaria en la que gente de diferentes razas y lugares se mezcla sin prejuicios, se enamora y comienza a rebelarse contra las encorsetadas reglas que rigen su microcosmos social.

Tal vez lo que nos atrae de estas historias 200 años después es su atemporalidad. El hecho de que hablan de personas y sentimientos más que de eventos. Por eso nos convertimos, aunque sea por unos instantes, en cómplices necesarios de una época que en realidad exigía sumisión a las mujeres y obediencia a su rango social a los hombres. Al fin y al cabo, es cuestión de dejarse llevar por la imaginación y no pensar durante un rato 

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