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El chantaje migratorio

La frontera puede someterse a presión; la historia, en cambio, no se modifica con una crisis diplomática.

hace 56 minutos
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  • El chantaje migratorio

Por Humberto Montero - hmontero@larazon.es

Las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, enclavadas en África, frente al estrecho de Gibraltar, no surgieron de una conquista ni de una invasión. Su condición española hunde sus raíces en varios siglos de historia y precede, de forma abrumadora, a la existencia del actual Estado marroquí. La discusión sobre su soberanía, reactivada periódicamente por Rabat y alimentada en ocasiones por episodios de presión fronteriza, exige separar los hechos históricos de la propaganda.

Melilla fue integrada en la Corona española en 1497 por Pedro de Estopiñán, con el respaldo de los Reyes Católicos. Ceuta tiene una historia anterior: fue anexionada por Portugal en 1415, en una operación que abrió una etapa de expansión portuguesa por el norte de África. Cuando las coronas portuguesa y española quedaron unidas bajo la misma monarquía, tras la crisis sucesoria portuguesa de 1580, Ceuta pasó a quedar bajo soberanía de la Monarquía Hispánica. La separación posterior de Portugal no alteró esa situación. El Tratado de Lisboa de 1668 reconoció la independencia portuguesa y confirmó la soberanía española sobre Ceuta.

La clave histórica resulta muy incómoda para cualquier relato que presente ambas ciudades como territorios españoles surgidos de una reciente ocupación colonial. Cuando Marruecos obtuvo la independencia en 1956, Ceuta y Melilla ya llevaban siglos vinculadas a España. El Protectorado establecido mediante el Tratado de Fez de 1912 tampoco incorporó las dos plazas a Marruecos, precisamente porque no formaban parte del territorio sometido al protectorado español.

La geografía, por tanto, no determina por sí sola la soberanía. Ceuta y Melilla están en África, rodeadas por territorio marroquí, pero también existen territorios españoles extrapeninsulares como Canarias y Baleares. La distancia respecto de la Península no borra la historia ni modifica automáticamente la nacionalidad de sus habitantes.

La polémica reciente sobre Google Maps ilustra hasta qué punto la cuestión sigue siendo objeto de batalla política y comunicativa. La plataforma representa desde hace años las fronteras de Ceuta y Melilla mediante líneas grises discontinuas, utilizadas para señalar límites territoriales cuya soberanía es objeto de reclamación. No se trata, por tanto, de un cambio reciente provocado por la presión migratoria de las últimas semanas. Una representación cartográfica discutible no convierte una reclamación política en un hecho histórico.

Y aquí aparece el verdadero problema contemporáneo: Marruecos ha convertido periódicamente la frontera en una palanca de presión sobre España. La utilización de los flujos migratorios como mecanismo de presión —mediante aperturas, relajaciones o cierres del control fronterizo— introduce una lógica de chantaje que trasciende la cuestión migratoria. Cuando miles de personas son utilizadas como instrumento para elevar la tensión diplomática, la frontera deja de ser únicamente una cuestión de seguridad y se convierte en una herramienta de coerción política.

Además, la propia evolución institucional española ha consolidado esa realidad: ambas son hoy ciudades autónomas, con ciudadanía española, representación parlamentaria e integración en el ordenamiento jurídico nacional, como lo era Cuba antes de que la arrebataran los Estados Unidos junto a Puerto Rico, hoy deseando volver a ser España, y Guam. Que su entorno geográfico sea distinto no las convierte en piezas negociables. La frontera puede someterse a presión; la historia, en cambio, no se modifica con una crisis diplomática.

Esa presión se explica también por la singular posición de ambas ciudades. Aunque forman parte de España, su encaje en la arquitectura de defensa occidental presenta particularidades. El artículo 6 del Tratado del Atlántico Norte limita expresamente el ámbito territorial de la garantía colectiva a determinados territorios europeos, norteamericanos, Turquía y determinadas islas situadas al norte del trópico de Cáncer. Ceuta y Melilla no aparecen expresamente incluidas. Esa peculiaridad alimenta debates recurrentes sobre su protección, pero tampoco altera su condición jurídica dentro de España.

La historia, en definitiva, ofrece un dato difícil de discutir: la existencia de Marruecos es muy posterior a la presencia española en ambas ciudades. La reclamación marroquí puede existir como posición política, pero no puede reescribir cinco siglos de soberanía, administración, población y continuidad institucional. Ceuta y Melilla no son una anomalía cartográfica: son ciudades españolas situadas en África. Y convertir la inmigración en ariete diplomático no cambia ese hecho.

No quisiera terminar sin enviarles mi solidaridad y la de toda España ante la tragedia vivida esta semana. Un abrazo a toda Colombia.

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