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Por Federico Arango Toro - fedearto@icloud.com
Estamos a días de una nueva cita con la democracia, a la que deberemos asistir con el compromiso y convicción que la oportunidad nos brinda y demanda simultáneamente. Se trata de la elección de uno de los tres poderes de nuestro Estado, el Congreso de la República, conformado por Senado y Cámara de Representantes. En esta oportunidad elegiremos, entre todas las circunscripciones, 102 senadores y 187 representantes, a los que posteriormente se sumarán los candidatos a presidente y vicepresidente perdedores en segunda vuelta presidencial, el primero al Senado y el segundo a la Cámara.
El gobierno que mal termina en agosto próximo nos ha permitido constatar, por desgracia con hechos de máxima gravedad, la superior importancia de la organización del Estado en tres poderes independientes, como diques de contención. Aunque desde la antigua Grecia se hablaba de las diferentes funciones que desarrollaba todo gobierno, fue el filósofo inglés John Locke quien planteó que el gobierno debería dividirse para evitar absolutismos monárquicos. Años después, Montesquieu dio forma a la separación en tres poderes independientes. ¿Soñarían a Petro en sus delirios de grandeza y arrebatos autoritarios?
Decidir quiénes conformarán el Legislativo conlleva enorme responsabilidad republicana. En cabal cumplimiento de tan digna obligación, lo primero es procurar muy nutrida asistencia a las urnas, dado que la contundencia del mandato no lo hace el número de elegidos, reglado por la Constitución, sino la cantidad de votos válidos que depositemos por ellos entre los 41,2 millones de colombianos habilitados en el Censo Electoral (21,2 millones mujeres y 20,0 millones hombres).
Sin duda, escoger a quién confiar el derecho que nos da la democracia entregándole el voto, requiere supremo juicio. Debemos, entonces, definir qué partido político o movimiento merece nuestro respaldo, escrutinio que debe estar en consonancia con la seriedad, valores y coherencia política que haya demostrado en el tiempo, considerando que las democracias sólidas se fundamentan y preservan con partidos serios, y no en aquellos que resultan de junturas coyunturales o de vanidades y egoísmos a ultranza.
La proliferación de listas dificulta la tarea. Las hay en nombre de reconocidos partidos o de alianzas entre algunos de ellos, con trayectorias serias y fieles a su doctrina y principios; otras que aunque también sean de partidos reputados, más se destacan por su elasticidad ética buscando siempre acomodarse; algunas más representan uniones temporales de anónimos partidos en buscan no desaparecer; y, finalmente, otras que parecieran salir del relleno sanitario de la política colombiana, en el que convergen reciclados y las peores especies de nuestro tropical ecosistema político. Escogida la lista, en caso de que ella sea abierta, sigue la elección del integrante a quien honraremos entregándole el voto.
Nuestra democracia está en serio riesgo. Y no la preservamos con solo votar, sino con la responsabilidad con que ejerzamos este sagrado compromiso. De nuestra más juiciosa decisión dependerá la legitimidad de quienes nos representen y la solidez de las instituciones.
Que al final de la jornada podamos decirles con orgullo: ¡Honorables senadores y representantes, ahí tienen nuestro mandato!