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Por Humberto Montero - hmontero@larazon.es
Trump acaba de honrar la figura de Cristóbal Colón con una estatua en los terrenos de la Casa Blanca. Se trata de una decisión que trasciende la historia, después de la cruzada de la izquierda estadounidense contra el descubridor genovés y el legado hispano de la Conquista de las Indias, Norteamérica incluida.
Trump coloca de esta manera a Colón en el lugar que le corresponde, el de un héroe al que la endemoniada ideología “woke” trata de ensuciar envenenando su gesta con invenciones sobre el presunto holocausto perpetrado durante la colonización.
La estatua se yergue ya frente al Edificio de Oficinas Ejecutivas Eisenhower, y puede verse desde la Avenida Pensilvania y la Calle 17.
Se trata de una reproducción de otra original que inauguró en 1984 en Baltimore el entonces presidente Ronald Reagan y que fue derribada por unos manifestantes el 4 de julio de 2020 y arrojada al agua en el puerto de la ciudad durante unas protestas contra símbolos coloniales y racistas.
Esta decisión se une a la de recuperar como festivo federal el Día de Colón (Columbus Day) el segundo lunes de octubre. Y no le faltan motivos. No solo para distinguir la gloriosa empresa liderada por la Corona de Castilla y Aragón, en los albores del nacimiento del Reino de España, sino para ensalzar la heroica expansión hispana, desarrollada gracias a la colaboración y las alianzas de civilizaciones y culturas aplastadas por otros imperios, que a su vez terminaron por sucumbir al empuje de los conquistadores.
Toda aquella conquista se hizo, por mucho que se empeñe la izquierda de hoy, bajo cimientos mucho más humanistas que los que imperaban antes de la llegada de los europeos. A las pruebas me remito.
Acaba uno de regresar de un corto periplo por tierras mexicanas. Por Chihuahua y Sinaloa, para más señas. Allá he descubierto que los tarahumaras o rarámuris, famosos por su capacidad maratoniana para correr, son los dueños y señores de las alturas por aquellas tierras. En particular de la Sierra Tarahumara de Chihuahua, donde preservan en las Barrancas del Cobre su cultura, su lengua y sus actividades tradicionales, como el cultivo del maíz. ¿Son cuatro gatos? Al contrario, están muy presentes en todo el estado norteño. Su integración es absoluta y algo me dice que siempre lo fue, pues de lo contrario no habrían llegado a estos tiempos.
Y es que, seamos serios y dejémonos de memeces, todos los registros habidos y por haber dejan a las claras que la conquista hispana, con sus muchos excesos, se fundamentó en el mestizaje y que, de este, surgió un profundo respeto por las culturas indígenas. Y fue así por razones obvias.
Primero, porque el objetivo último de los Reyes Católicos era la cristianización de la población que por aquellos tiempos poblaba esos territorios. Población que, por cierto, no estuvo allí siempre desde el origen de la Tierra, sino que también era nómada, como todos.
Segundo, porque la población de la incipiente España no daba para reconquistar más que la Península Ibérica. No quedaba más remedio que mezclarse.
Por eso, según los datos del World Factbook, una publicación anual que emite la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos, en base a los porcentajes de población indígena y mestiza en las áreas de los virreinatos españoles, extraemos que Perú tiene el 85%, Bolivia el 88%, México 90%, Ecuador del 92% y Honduras del 97%, por poner algunos ejemplos. Sin embargo, en Canadá, los territorios sujetos al colonialismo inglés y francés cuentan con un porcentaje de indios –no hay mestizos– del 4,4% y en Estados Unidos con un 0,92% de indios y un 2,9% de mestizos. El colonialismo depredador fue inglés, no hay más que viajar un poco.