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Europa, hace dos décadas, promueve alianzas y fusiones entre universidades con una premisa: si hay menos jóvenes, se necesitarán menos instituciones o instituciones distintas.
Por Isabel Gutiérrez R. - JuntasSomosMasMed@gmail.com
Los estudiantes que llegarán a la universidad en 2040 ya nacieron. Hoy están en preescolar, aprenden a leer con una pantalla cerca y crecen con atención entrenada por el scroll. Serán más críticos, más selectivos y más exigentes con lo que se les ofrezca. Y serán, sobre todo, menos.
Colombia agota su bono demográfico, ese periodo en que la población en edad de trabajar supera con holgura a la dependiente. En 1980, 30 de cada 100 colombianos tenían entre 15 y 28 años; hoy son 25, y hacia 2050 serán 20. Los nacimientos pasaron de cerca de 660.000 en 2015 a 454.000 en 2024, una caída del 31%. En Antioquia se proyecta perder 88.000 jóvenes de 17 a 21 años entre 2025 y 2035. Para un sistema que requiere de los jóvenes para su sostenibilidad, esta cifra es alarmante.
Los gobiernos europeos lo vivieron antes. Desde hace casi dos décadas promueven alianzas y fusiones entre universidades con una premisa: si hay menos jóvenes, se necesitarán menos instituciones o distintas. Dinamarca pasó de 12 a 8 universidades en 2007, y Finlandia unió tres escuelas para crear la Universidad Aalto en 2010. En Estados Unidos, rectores y legisladores discuten hoy la misma pregunta. En Colombia la abordamos con una ventaja y una deuda. La ventaja es el tiempo: tenemos hasta 2035 para actuar y resolver este desafío, antes de que el impacto se agrave. La deuda, sigue siendo la cobertura.
La escasez de jóvenes convive con una exclusión persistente. La tasa de cobertura en educación superior llegó al 57% en 2025. Significa que 43 de cada 100 jóvenes entre 17 y 21 años siguen por fuera del sistema educativo, casi siempre por razones económicas. Cerrar esa brecha exige usar todas las herramientas: más presupuesto para las universidades públicas, subsidios a la demanda, un crédito educativo revitalizado que devuelva al ICETEX su vocación y vehículos financieros creativos e innovadores que abran la puerta de la educación superior a quienes hoy, no tienen acceso.
La segunda tarea es mirar al adulto. Mientras la población joven se reduce, crece la que ya trabaja y necesita actualizarse para su oficio o reinventarse para uno nuevo, lo que en inglés nombramos upskilling y reskilling. Ahí hay una demanda sin atender: nivelación, formación técnica y tecnológica, profesionalización y posgrados escalonados que puedan cursarse por tramos, sin abandonar el empleo. La virtualidad ya marca el rumbo: concentra 30% de nuevos estudiantes de pregrado y la mitad de posgrados.
Nada de esto sucede solo. Pensar el aprendizaje a lo largo de la vida obliga a revisar calendarios, créditos y formatos, y hasta la manera en que reconocemos lo que una persona sabe. Obliga a que universidades, empresas y Estado conversen con frecuencia y pragmatismo. El bono demográfico fue una marea alta que nos permitió crecer casi por inercia. Esa marea se retira, y lo que quede en la orilla dependerá de las decisiones de esta década: abrir la puerta a quienes no han podido entrar, volver a recibir a quienes salieron y diseñar una universidad capaz de acompañar una vida entera. Nos corresponde prepararla, porque los estudiantes de 2040, y también sus padres, ya nos están esperando.