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El Carreño del metro

Pilas que en el tardío metro de Bogotá están buscando una voz institucional. Mimen a JB como el hipopótamo a su hipopótoma, o lo tendremos hablando rolo, ala.

hace 3 horas
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Por Óscar Domínguez Giraldo - oscardominguezg@outlook.com

Si la voz del pueblo es la voz de Dios, la voz del metro de Medellín es la de John Bayron Romero Palacio, JB, en dos letras. De 52 años, casado, de gafas, barbuchas, cejón, escaso de cabello, trabaja para el metro 24/7. Las migajas de tiempo que le quedan libres las reparte, “adecuada y equitativamente”, entre familiares y amigos.

Confiesa que al principio le daba pena ajena ser la voz del metro. Poco a poco se fue acostumbrando. Como es usuario del sistema, ojo que el señor que se sienta a su lado puede ser JB, un moderno Miguel Antonio Carreño, - el venezolano de la urbanidad- que con paciencia de Job y voz de locutor de la BBC de Londres, nos enseña a comportarnos y a hacer más amable la convivencia en esa moderna plaga de Egipto que es el transporte público.

En su programa “A metros” le preguntaron a los usuarios cómo se lo imaginan. Unos le calculan entre 20 y 60 abriles. Otros lo sospechan trozo, gordito, mono, alto, canoso, moreno, serio, grande, bajito, bien plantado. El eterno femenino chorrea la baba cuando una voz varonil dice de pronto: “Próxima estación”. (A locutores como el Chiquito Eduardo Aponte Rodríguez, de Todelar, le mandaban flores y lo invitaban a quebrantar el sexto mandamiento).

Como funcionario, JB “empezó a hacer propuestas auditivas para mejorar los mensajes que ya existían”. Le fue tan bien con las propuestas que terminó convertido en el Sinatra, La Voz, del sistema. En esas anda hace 14 años de los 24 que lleva sirviendo con su garganta profunda.

“Se convirtió en el GPS humano de millones de paisas”, resumió el periodista Carlos “Villada” Duque en su espacio televisivo “El Extramedios”.

En sus audios, JB dicta cátedra sobre cómo manejar las barras horizontales y verticales, sugiere dejar salir primero a los pasajeros, pide no sentarse en las escaleras de los buses. De pronto se sale del libreto e invita a sonreír en ese “ascensor acostado” que es el tren.

Fracasa estrepitosamente cuando pide cederle el puesto al que más lo necesita. Quienes están apoltronados en sus asientos se hacen los dormidos, se refugian en los celulares, o esperan que otro más educado lo haga. (Yo obraba así. Recibo de la misma medicina. Salvo excepciones, la insolidaridad es una constante).

JB le monta competencia a la empresa que le paga la quincena y sugiere caminar, usar bicicleta o compartir el carro con los vecinos. Falta que les recuerde a los conductores de los buses que no frenen en seco y esperen a que los usuarios coloquen las cuatro letras en su sitio.

Pilas que en el tardío metro de Bogotá están buscando una voz institucional. Mimen a JB como el hipopótamo a su hipopótoma, o lo tendremos hablando rolo, ala.

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