Después de tantos gritos e insultos en la campaña por la presidencia de Estados Unidos, necesitaba un antídoto. Así que decidí pasarme 10 días en uno de los países más corteses y con mejores modales del mundo: Japón.
Tokio, su capital, es una urbe de 13 millones de habitantes (o 38 millones si sumamos las zonas aledañas) pero hay momentos en que, si cierras los ojos, te la puedes imaginar casi vacía. El silencio es una forma de respeto de los japoneses. Los vagones de su cronométrico metro, generalmente repletos, no van cargados de música ni de conversaciones en voz alta.
Pasé mis vacaciones sin oír un cuerno en las calles de Tokio. La explicación de una guía japonesa me impresionó: “Siempre pensamos en lo que el otro está sintiendo.” No puedo...