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La guerra de narrativas falsas

Mi sugerencia es superar el abuso de las narrativas falsas con hechos y datos, no dejándose llevar por discursos populistas y contrastando las cifras.

28 de noviembre de 2025
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  • La guerra de narrativas falsas

Por Jose Manuel Restrepo Abondano* - Jrestrep@gmail.com

Uno de los riesgos de las autocracias 3P, esas de populismo, polarización y post-verdad (mentiras), es que tienen una habilidad infinita para establecer narrativas. No importa si ellas se sustentan en mentiras o falacias. No importa si son solo trinos, discursos o influenciadores pagados en redes. Ejemplos en Colombia son los datos de incautaciones o producción de coca, donde se evita la relación entre incautación a la producción potencial de coca, que es el indicador más preciso. Dicho de otra manera, puede que las incautaciones crezcan, pero se desconoce que la producción de coca también y en esa relación la incautación relativa tiene el peor dato en la historia reciente del país. Otro ejemplo son las decisiones sobre el petróleo (no firmar nuevos contratos de exploración o impedir por razones ideológicas la explotación no convencional), desconociendo la necesidad de una transición energética ordenada. O también relativizar el crecimiento desbordado en secuestros, terrorismo o extorsión, como ejemplo de inseguridad.

Pero en economía, la búsqueda de victoria en las narrativas, está cometiendo un error de bulto y denota un espejismo en las cifras económicas. Es verdad que el PIB crece al 3,6% y que eso es aceptable, pero desconoce el efecto denominador de más de 3 años de caída de comercio, industria, minería, construcción y parte de los servicios. Cuando el denominador es malo, cualquier numerador muestra crecimiento en la fracción. O peor aún, es un crecimiento soportado en más de un 50% en el derroche fiscal, que nos lleva en este año y el siguiente al récord histórico de déficit fiscal y deuda pública. Por tanto, es un crecimiento aceptable pero no sostenible, porque la fuente clave, que es la inversión privada, tiene en relación con el PIB, el peor dato en las últimas dos décadas. Es también verdad que el desempleo disminuye, pero desconoce que pasa lo mismo en casi todos los países de América Latina y donde menos baja es acá o peor aún, que en los últimos dos meses 61% de las razones del mejoramiento dependen de la precarización del empleo (rebusque) y el aumento en la burocracia estatal. De nuevo es un empleo no sostenible o menos deseable. Y también es cierto que la tasa de pobreza baja, justamente por los dos cambios anteriores, pero la inequidad y la pobreza multidimensional son casi estables o empeoran en temas claves relacionados con política pública como salud, educación, vivienda o servicios públicos, demostrando que la política social no está dando resultados.

Mientras tanto, los problemas estructurales crecen y crecen. La inseguridad medida en extorsión y terrorismo avanza, la crisis fiscal se complica a pasos agigantados, los riesgos de un apagón energético se esperan a 1 o 2 años por decisiones de política pública de hoy, el acceso a crédito educativo subsidiado a los más vulnerables cae en más de un 80%, en salud el acceso a medicamentos completos es del 10% y crecen exponencialmente quejas y tutelas por el mal manejo en salud.

Mi sugerencia es superar el abuso de las narrativas falsas con hechos y datos, no dejándose llevar por discursos populistas y contrastando las cifras. Es desafiante, pero en una democracia es necesario.

*Rector Universidad EIA

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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