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Tal vez podríamos incluir en la escala de necesidades de Maslow la necesidad de sentirse rebelde.
Por Josefina Agudelo Trujillo - opinion@elcolombiano.com.co
Una de las necesidades superiores del ser humano es la de sentirse incluido, aceptado y reconocido por su familia, su comunidad su institución educativa, su entorno laboral, su iglesia; en general en la sociedad donde transcurre su existencia. Como diría Maslow, una vez satisfechas las necesidades básicas, fisiológicas y de seguridad, los humanos aspiramos y necesitamos satisfacer las necesidades de afiliación, reconocimiento y autorrealización.
En el mundo moderno, hemos trascendido a llevarlas a la categoría de derechos humanos. Y en este proceso hemos encontrado en la democracia un modelo de acuerdo social efectivo para cerrar las brechas de desigualdad social y poner en el centro del discurso el valor de la persona humana sin distingos de género, raza, nivel educativo o económico.
Paradójicamente en un mundo cada vez más conectado por la tecnología y apoyado por la IA, los seres humanos no hemos encontrado el propósito superior que nos mueva a gestionar como especie la resolución de grandes problemas comunes: cambio climático, seguridad alimentaria, salud y convivencia pacífica.
Por fortuna la economía de mercado y la libre empresa han demostrado su efectividad para proveer bienes y servicios que satisfacen necesidades básicas de ser humano y, adicionalmente, el sistema democrático de gobernanza ha facilitado la satisfacción de las necesidades superiores de trascendencia e inclusión para quienes vivimos en este sistema.
Imperfectos pero eficientes, democracia y economía de mercado han permitido a muchos ciudadanos en este siglo, acceder a estados de bienestar inimaginables en otros tiempos; pero también han puesto en evidencia contradicciones en la búsqueda de la igualdad y de la inclusión.
En Colombia como en el mundo vivimos una tendencia hacia la polarización política que promueve la visión del adversario como enemigo, erosiona la confianza social, confunde el debate con la confrontación y privilegia el sesgo ideológico sobre el consenso. Nos encontramos con comportamientos humanos paradójicos. Personas que reclaman inclusión son las que más excluyen; quienes más reclaman ser escuchados tienen menos empatía para escuchar al otro; quienes hacen parte de alguna minoría desestiman las ganancias de las mayorías.
Pareciera que al cerebro de algunos seres humanos le resulta más provechoso sentirse diferente que sentirse igual a los demás. ¿Es posible que la tan anhelada búsqueda de la igualdad sea una distopía? Que existen seres humanos que necesitan saberse excluidos para sentirse importantes y necesarios; que necesitan incomodar a los demás para encontrar su sentido de la existencia. Que para ellos la vida sin renegar, criticar, reclamar, ir contra corriente, no tiene sentido. Que sienten placer por culpar a los demás de lo que les pasa. Que quienes promovemos la igualdad, el consenso, la equidad, el orden y la generosidad, ¿los estamos invitando a un lugar donde no quieren estar?
Aquí les dejo esta hipótesis que puede servir para comprender o mejor para aceptar a esas personas que están en nuestras familias, nuestros sitios de trabajo, nuestra sociedad en general. Tal vez podríamos incluir en la escala de necesidades de Maslow la necesidad de sentirse rebelde.