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Los “nuevos amigos”

cuando ya no eres tan nuevo

Ahora estoy tan orgulloso de mis viejos amigos como feliz de los “nuevos amigos” que tengo y de los que presumo.

hace 1 hora
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  • Los “nuevos amigos” cuando ya no eres tan nuevo
  • Los “nuevos amigos” cuando ya no eres tan nuevo

Por Juan David Escobar Valencia - opinion@elcolombiano.com.co

Cuando se llega a mi edad y tu única riqueza terminó siendo poder decir lo que piensas y mandar al carajo al que estorba, probablemente el número de amigos no crece hace tiempo y por el contrario se ha reducido a los que filtró el más implacable de todos los jueces, el tiempo, quedando solo los buenos, que por poquitos valen más, y dejando a los demás en el inventario de los gratos recuerdos que no volverán o de las traiciones que silenciosamente uno, o la biología, se encargarán de cobrar, porque algún gustico tiene uno que darse cuando el sol ahora da más en la nuca que en la cara.

Pero con los años hay dos situaciones por las que empezarías a conocer nuevas personas que tendrán un papel importantísimo en el resto de tu vida y que ojalá sean los mejores de todos, pues si antes no fuiste muy selectivo para tenerlos, ahora tendrás que ser muy exigente para escogerlos.

Si tu vida transcurrió por el camino del mal, o te volviste la supuesta o real causa del dolor existencial de envidiosos, necesitarás conseguir “nuevos amigos”, los abogados, a quienes valoro muchísimo pero espero no necesitarlos profesionalmente. Y no porque haya comprobado en carne propia la peor de las maldiciones, la llamada “Maldición Gitana”: “Entre abogados te veré”, sino porque no escogí el mal camino, y por ser afortunadamente tan insignificante que no provoco envidia, aunque sí algunas molestias, cosa que confieso me da gran placer, ahora que también por culpa de los años la lista de placeres se reduce como la de amigos y la asistencia a aburridores compromisos sociales a los que ibas obligado, pero ahora te ahorras con alegría.

La otra veta de “nuevos amigos” surge del ineluctable deterioro físico que viene con los años, así algunos crean que pagando por sudar en los gimnasios y comprándose la sudadera de Nadal y los tenis de Federer podrían ganarse el Open de Australia si no tuvieran que ir a trabajar; o volverán a ser tan flexibles como la jovencita “superfit” de la vecina clase de yoga que con trabajo y lujuria logran ver a la enorme distancia de 7 metros, mientras intentan “estirarse” sin provocar ruidos esqueléticos que asusten a los demás. Aclaro que esto es ficción, porque mi única visita a gimnasio duró una hora.

Tu lista de números telefónicos ahora no crece por los de las nuevas damas que conoces, cosa que tampoco ocurría en el pasado porque lo de feo y pobre no es de ahora, sino por los “especialistas médicos” que deberás consultar y se irán acumulando como también se acumularán tus desperfectos. Ahora estoy tan orgulloso de mis viejos amigos como feliz de los excelentes “nuevos amigos” que tengo y de los que presumo: mi urólogo que tiene a raya un cáncer, afortunadamente tan inepto como la Selección Colombiana de Fútbol; mi internista, que mantiene calibrado lo que queda de mí como si fuera un coche de Fórmula 1; mi oftalmólogo, que hace que todavía vea desde lejos a los estudiantes que hacen trampa; y mi odontólogo, que permite reírme expresivamente y sin restricción de los “mamertos” y “progres” que me odian por lo que pienso, digo y escribo.

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