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Por Juan Manuel Cifuentes Hernández - opinion@elcolombiano.com.co

Diez años de una herida que no cierra

Un país demuestra que avanzó cuando reconoce a quienes sufrieron y construye un futuro en el que ninguna generación tenga que convivir con la guerra. Diez años después, la herida sigue abierta.

hace 1 hora
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  • Diez años de una herida que no cierra
  • Diez años de una herida que no cierra

Por Juan Manuel Cifuentes Hernández - opinion@elcolombiano.com.co

Colombia: Te escribo como joven, pero, sobre todo, como hijo de un país que durante décadas aprendió a convivir con la violencia y que, para muchas generaciones, tuvo que aprender a nombrar primero la guerra antes que la paz.

En el colegio tuve una materia favorita: Cátedra de la Paz. Para algunos podía ser una clase más. Para mí nunca lo fue. En mi casa la guerra no fue solo lección de historia. Fue miedo, pérdida y ausencia. Colombia lleva más de seis décadas atravesada por un conflicto que dejó millones de víctimas. Guerrillas, paramilitares, narcotráfico y otras organizaciones armadas hicieron de la violencia parte de nuestra vida. Escobar, ELN, FARC y otros terminaron escribiendo capítulos que nos cuesta leer, llenos de sangre.

Recuerdo aquel domingo 2 de octubre de 2016. Tenía ocho o nueve años cuando acompañé a mis tías a votar el plebiscito por la paz. En mi familia la decisión estaba tomada: voto por el No. Solía ayudar a mis tías a marcar los tarjetones. Ese día tomé el lapicero y marqué una X por el No.

No entendía las páginas del acuerdo ni podía dimensionar sus implicaciones políticas y jurídicas. Entendía el dolor de familia. Quería que terminara la guerra, pero también que quienes habían sufrido fueran escuchados. Aquella noche el No obtuvo 50,21 % de votos. El proceso continuó. Ahí comenzó otra discusión que, diez años después, en Colombia todavía no termina.

Hacer la paz no consiste únicamente en silenciar fusiles. Obliga a preguntarnos qué hacemos con la verdad, con la responsabilidad y con las heridas que quedan cuando termina una guerra. ¿Cómo se reconstruye la confianza de una sociedad cuando quienes fueron víctimas sienten que sus preguntas no tienen respuesta? ¿Cómo se habla de reconciliación cuando hay familias que buscan desaparecidos?

Resulta difícil para muchos colombianos entender algunas consecuencias políticas del acuerdo y ver a antiguos integrantes de FARC ocupar espacios de representación mientras existen víctimas que esperan respuestas. Mi familia conoce esas heridas. Ha sido golpeada por el narcotráfico de Pablo Escobar, por el ELN y paramilitares. Para mí, la guerra no es solo una cifra. Tiene rostros, nombres, recuerdos, lugares y una silla vacía en la mesa.

No quiero que la reconciliación se convierta en excusa para olvidar. Ni que recordar a víctimas sea interpretado como regresar a la guerra. Perdonar no significa olvidar. Recordar tampoco significa buscar venganza. A mi generación le corresponde no repetir consignas que otros construyeron por nosotros. Escuchar las víctimas. Preguntar. Discutir. Diez años después del 2 de octubre de 2016, pienso en aquel niño que tomó un lapicero y marcó un tarjetón. No sabía de acuerdos, justicia transicional ni política.

Un país demuestra que avanzó cuando reconoce a quienes sufrieron y construye un futuro en el que ninguna otra generación tenga que aprender a convivir con la guerra. Diez años después, la herida sigue abierta. .

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