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Fernando Velásquez Velásquez
Columnista

Fernando Velásquez Velásquez

Publicado el 24 de diciembre de 2018

LA DUDA COTIDIANA

En medio de tantos logros y difíciles evoluciones, el hombre de hoy como el de ayer vive cautivo de sus propios miedos, así todavía se estremezca con el canto de los pájaros o con el gallo orgulloso que anuncia la llegada del nuevo día. Por eso él está repleto de incógnitas y con una sola convicción: la de que cualquier día amanecerá en otra dimensión de la vida que es la muerte; esa es la única realidad, lo demás son sueños y añoranzas propias de este universo y sus estrellas lejanas. Es más, este ser humano está convencido de que en otros infinitos las quimeras no son las suyas y la historia no es esta que se reitera como el silbido del búho al inicio de cada noche o al amanecer.

No obstante, el presente le brinda algunas confianzas y claridades: por ejemplo, ahora respira, construye y fabrica sueños, echa abajo mitos y realidades, ama con desespero, odia sin razón, triunfa y se embriaga con sus logros, etc. También sabe que otras civilizaciones florecieron, se deleitaron en medio del esplendor y acabaron para dejar huellas que el tiempo inclemente borra; por eso lo vivido ya no volverá, el pasado con sus pocas certitudes y sus muchas vacilaciones quedó a la zaga y dejó atrás millones de vidas e ilusiones, amores y desamores, nostalgias y alegrías.

Sin embargo, la vacilación en torno al futuro no lo deja germinar tranquilo y lo llena de titubeos y sobresaltos; eso, él no lo perdona porque mucho le angustian las dudas y perplejidades. Su gran tragedia es, pues, presenciar cómo a las noches las suceden los días y a estos un desfile interminable de semanas, meses, años y siglos, que no se alcanzan a percibir porque su espacio y su tiempo son los propios de un universo perenne pero, de forma paradójica, muy limitado; por ende, muy distinto al de otros seres como las mariposas o las cigarras cuyas vidas nacen y terminan en medio de bellezas inconmensurables, o entre cantos estridentes mediante los cuales anuncian sus partidas definitivas.

El ser humano en medio de sus eternas vacilaciones y perplejidades está, por tanto, llamado a sepultar las pequeñeces y construir una existencia llena de grandezas, sin dejarse extraviar por las fantasías. Él está condenado a prepararse para las partidas cotidianas, pero ese camino se debe emprender con mucha alegría y sin resentimientos; por eso, entonces, siempre se deben rescatar las añoranzas porque sin ellas la existencia es un camino erizado de olvidos y desalientos, el reto no es llenarse de ambiciones y rendirles culto a los mentirosos ídolos de barro.

Debe evitarse, pues, a toda costa que el oro vil nos enceguezca y nos lleve a desperdiciar el tiempo; no se puede renunciar a vivir con dignidad y encarcelar el alma en un presidio. El corazón no puede colmarse de tirrias para que el final llegue lleno de esperanzas y, cuando sea la hora de partir, el alma gozosa emprenda su postrer viaje. Es necesario extasiarse con la vida y sentirla en cada fibra de nuestros cuerpos, para que las nostalgias y los dolores no arrasen con las sonrisas y los suspiros.

No podemos, pues, culminar la existencia como dice José Zorrilla en sus “Últimos Versos”, con un lloro por el tiempo perdido y hundidos en las melancolías: “Mas el pesar recóndito, la soledad del alma, mi extrañamiento injusto de mi paterno hogar, la falta de cariño, que los pesares calma, la sombra de la parra, que da más que la palma, la gloria sin la casa, la vida del azar. Eso es lo que me falta y eso es lo que me sobra; eso es lo que mi cuerpo debilitó por fin, y eso es lo que me mata: la duda, la zozobra de haber perdido el tiempo, que nunca se recobra, en un afán estéril y en un trabajo ruin”.

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