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¿La duda es de los débiles?

Germán Vargas Lleras perteneció a esa clase de líderes que se miden desde la ejecución. Despertó resistencias y contradictores.

hace 56 minutos
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  • ¿La duda es de los débiles?

Por Juan Carlos Manrique - opinion@elcolombiano.com.co

No sé si esta columna la escribo desde la certeza o desde la duda. Existe cierta obsesión por conocer las propuestas de los candidatos, como si gobernar fuera, ante todo, un ejercicio de certezas declaradas en un programa o un plan de desarrollo. Más revelador que lo que un líder promete es entender quién es, qué ha hecho y cuál es su talante como líder a la hora de tomar decisiones bajo incertidumbre.

Raquel Bernal, rectora de los Andes, ha compartido una idea poderosa: muchas decisiones importantes no comienzan desde la claridad, sino desde la incomodidad de lo que todavía no sabemos. Esa reflexión desmonta una fantasía persistente de la vida pública: la de que gobierna mejor quien nunca duda, quien tiene siempre la respuesta lista. El verdadero liderazgo, sugiere Bernal, no huye de la duda; la habita y la convierte en punto de partida.

Friedrich Hayek lo expresó desde otro lenguaje, pero apuntó al mismo fondo: ningún dirigente posee el conocimiento disperso que circula en una sociedad. Buena parte del orden social emerge de la cooperación, el ensayo, el error y las instituciones que evolucionan desde la práctica. La planificación central tiene, por eso, un problema de origen: confunde inteligencia con control, y planear con ejecutar.

La ejecución, entonces, no es la aplicación mecánica de un plan. Es el momento en que una hipótesis entra en contacto con la realidad: con actores distintos, con resistencias imprevistas, con información que el diseño inicial no contemplaba. Ejecutar exige escoger, descartar, validar, comprender y hacerse cargo. Es pensar en movimiento. Y allí —no en los programas ni en los discursos— es donde se separan los liderazgos que producen titulares de los que producen resultados transformadores.

No se trata, desde luego, de convertir la ejecución en culto a la eficacia sin límites. Una democracia no necesita ejecutores ciegos, sino ejecutores con criterio que respetan los controles institucionales. La advertencia de Hayek y la intuición de Bernal apuntan al mismo lugar: quien pretende actuar sobre una sociedad debe aceptar que nunca podrá comprenderla como un todo. Esa conciencia no conduce a la parálisis; conduce al rigor.

Germán Vargas Lleras perteneció a esa clase de líderes que se miden desde la ejecución. Despertó resistencias y contradictores —los líderes suelen tener más sombras que luces, porque son brutalmente humanos—, pero incluso sus críticos reconocían algo difícil de fingir: estudiaba y conocía el Estado, lograba que las cosas sucedieran y era un líder firme y serio.

Tras su muerte, el presidente Petro dijo lamentar no solo su partida, sino la desaparición de su seriedad en el debate. Esa frase, viniendo de un adversario político, resume una virtud que Colombia debería exigir como condición mínima del liderazgo: la seriedad como disposición intelectual, como respeto por la complejidad.

Porque ser serio en el debate implica aceptar que el dato mata el relato, que no se tienen todas las respuestas, que la duda no paraliza, sino que orienta y que las ideologías son, ante todo, ausencia de dudas y plenitud de certezas, casi todas desde la fe del carbonero.

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