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La guerra silenciosa por la inteligencia artificial

hace 1 hora
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  • La guerra silenciosa por la inteligencia artificial

Por Luis Diego Monsalve - @ldmonsalve

Las grandes guerras del siglo XX se libraron por el control del territorio, del petróleo y del poder militar. La gran competencia del siglo XXI se libra por algo mucho menos visible: la inteligencia artificial. Estados Unidos y China lo entendieron antes que nadie. Hoy una parte decisiva de su rivalidad ya no ocurre únicamente en océanos o campos de batalla, sino en centros de datos, fábricas de semiconductores, laboratorios de investigación y redes eléctricas.

La inteligencia artificial dejó de ser solo una revolución tecnológica. Se convirtió en carrera por el liderazgo mundial. Quien domine esta tecnología tendrá ventajas enormes en productividad, ciencia, comunicaciones, defensa, inteligencia y capacidad industrial. La competencia no se limita a producir mejores aplicaciones. Incluye controlar chips avanzados, atraer talento, asegurar minerales críticos, proteger datos y garantizar la energía necesaria para operar gigantescos centros de cómputo.

Es una guerra silenciosa porque no tiene trincheras ni ejércitos frente a frente. Pero sus efectos pueden ser tan profundos como los de las grandes revoluciones industriales.

Durante mis años en China pude comprobar que ese país no entiende la tecnología como un sector aislado, sino como una verdadera política de Estado. La inteligencia artificial conecta allí la educación, la industria, las ciudades, la seguridad y la planeación económica. Esa visión de largo plazo explica buena parte de la velocidad con la que avanza. Estados Unidos conserva ventajas considerables. Allí se encuentran las principales empresas que desarrollan modelos más avanzados, gran parte del capital y la mayor infraestructura de centros de datos. Sin embargo, esa fortaleza depende de una cadena global sorprendentemente frágil: muchos de los chips de última generación se fabrican en Taiwán y requieren equipos, materiales y conocimientos distribuidos entre varios países.

China, por su parte, ha respondido a las restricciones occidentales acelerando su capacidad tecnológica. Tal vez todavía no tenga acceso pleno a semiconductores más sofisticados, pero cuenta con escala, enormes recursos públicos y un ecosistema empresarial capaz de avanzar con rapidez. Contenerla puede retrasar algunos desarrollos, pero está estimulando su autosuficiencia.

La carrera tiene, además, un protagonista inesperado: la electricidad. Los centros de datos consumen cantidades crecientes de energía. La Agencia Internacional de Energía estima que su demanda eléctrica mundial podría duplicarse hacia 2030, impulsada por la inteligencia artificial. Las próximas potencias tecnológicas no serán únicamente las que tengan mejores programadores o más capital, sino aquellas capaces de producir energía abundante, confiable y competitiva. Europa también compite, aunque con dificultades. Tiene grandes universidades, empresas y capacidad regulatoria, pero necesita acelerar su inversión e infraestructura para no perder terreno. India, los países del Golfo y varias economías asiáticas también buscan un lugar en este nuevo mapa del poder.

¿Y América Latina? Nuestra región parece estar viendo pasar otra revolución desde la tribuna. Pero hay oportunidades. Podemos formar talento, desarrollar energía, aportar minerales estratégicos y aplicar la inteligencia artificial para mejorar la productividad, la educación, la salud y el funcionamiento del Estado.

Desde hace años sostengo que Colombia debe mirar más al mundo. Hoy esa afirmación adquiere un nuevo significado. La inteligencia artificial no será únicamente una revolución tecnológica; será uno de los principales motores del crecimiento, la seguridad y la competitividad de las naciones. Comprenderlo a tiempo puede marcar la diferencia entre un país que aprovecha las oportunidades del nuevo siglo... y otro que simplemente las observa pasar.

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