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Ahora Putin es quien debería firmar una paz rápida con concesiones.
Por Humberto Montero - hmontero@larazon.es
Durante más de dos décadas, Vladímir Putin se ha atornillado al poder sin sobresaltos sobre dos premisas: la aniquilación de oponentes y cierta estabilidad económica. Pero un símbolo de esa estabilidad, el acceso barato y abundante al combustible, comienza a resquebrajarse. Rusia atraviesa la mayor crisis de abastecimiento de gasolina desde el inicio de la invasión de Ucrania. Lo que comenzó como problemas puntuales se ha extendido por el país, con largas colas en las gasolineras, restricciones de suministro, retrasos logísticos y fuertes subidas de precios que el propio Gobierno ha terminado por reconocer.
Rusia es el tercer productor mundial de petróleo, pero sus ciudadanos empiezan a sufrir dificultades para repostar como consecuencia de la campaña sistemática de ataques ucranianos contra refinerías, depósitos e infraestructuras energéticas. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) considera que el impacto es notable. Rebajó sus previsiones de producción para Rusia en 85.000 barriles diarios este año y otros 150.000 barriles diarios en 2027, hasta situarla en una media de 8,8 millones de barriles diarios, frente a 9,2 millones en 2025.
La presión ya llega al bolsillo de los ciudadanos. Según la agencia oficial Rosstat, el precio de la gasolina aumentó 6,9% solo en junio y acumula una subida cercana al 20% respecto al mismo mes del año anterior. La gasolina de 92 octanos, la más utilizada, fue la que registró el mayor incremento. En algunos puntos afectados, como Crimea –invadida por Rusia en 2014-, varios consumidores denunciaron precios de hasta 250 rublos por litro, más del triple del nivel habitual. Moscú atribuía los problemas al aumento estacional de demanda. Sin embargo, el viceprimer ministro Alexandr Nóvak reconoció los problemas y admitió que las colas en las gasolineras obedecen a que varias refinerías han reducido o paralizado parcialmente su actividad tras los ataques con drones ucranianos. No tardarán en volatizarlo por hablar demasiado.
La respuesta de Putin: prohibición temporal de exportar gasolina y diésel, posibilidad de importar combustibles y autorización para comercializar carburantes de menor calidad. La crisis trasciende al sector energético. El transporte por carretera entre China y Rusia ha incrementado tarifas entre 15% y 25% debido al tiempo perdido para repostar y a incertidumbre del suministro. El coste de transportar mercancías desde Shanghái a Moscú ha pasado en dos meses de 750.000 rublos a 1,1 millones. Supermercados de San Petersburgo reconocen problemas de abastecimiento y expertos advierten de que la situación podría agravarse. La inflación rusa aceleró en junio hasta 6%, una evolución que diversos analistas vinculan, en parte, al encarecimiento de combustibles. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, aseguró que proseguirán ataques a refinerías, buques cisterna e infraestructuras militares rusas. El objetivo de Kiev, bien armado y con economía en recuperación, no es dejar a Rusia sin gasolina, sino debilitar su capacidad para la guerra. Putin sostiene su poder con reservas de gas y petróleo, y materias primas. Sin combustible para transportarlas ni refinados para gasolineras, su poder se resquebraja y su ejército también. Debería firmar una paz rápida con concesiones.