Suena exótico, pero la paz es, o debería ser, además de una realidad política, una vivencia mística. No religiosa, aunque tarde o temprano tiene que tocar las fibras hondas de lo que es la religión, cualquiera que sea el concepto que se tenga al respecto, y se encontrará así mismo, para bien o para mal, con la trinchera confesional de las partes enfrentadas y ahora pacificadas.
La paz, como mística, o si se quiere, la mística de la paz, implica trascender las mediaciones (diálogo, negociación, aspectos jurídicos y políticos, ideologías y proselitismos partidistas, etc.) para convertirse en una meta que arrastra, purificándolas, las actitudes de las personas, de las instituciones y de la sociedad. Y esto es una propuesta mística, no una endeble...