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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 12 de septiembre de 2020

La teología del fracaso

Al recordar en el undécimo aniversario de su muerte al padre Gustavo Vélez, el inolvidable Calixto de “Tejas Arriba”, se me ocurre un buen homenaje a su memoria y a su magisterio sacerdotal reproducir este comentario al evangelio (san Marcos, cap. 13), que publicó el 18 de noviembre de 1979. Sirve de consuelo su lectura en medio del fracaso en el que, individual o socialmente, parecemos estar metidos. Escribió entonces el padre Gustavo Vélez:

“Sólo el Todopoderoso puede juzgar el fracaso”, nos dice Morris West. Una verdad muy conveniente cuando nos llegan horas amargas. Momentos en que el mundo se nos ha venido encima.

(...).

Son los embates crueles del fracaso, del despojo, de una pobreza trágica, de una verdad irremediable. Algo semejante a lo descrito por los evangelistas, con hipérboles muy orientales, en el Evangelio de hoy. Le hablan a la comunidad cristiana de las tribulaciones que quizás ya ha sufrido la Iglesia. “El sol se hará tinieblas, las estrellas caerán del cielo”.

Pero el Señor nos invita a descifrar los signos de los tiempos. Nos asegura que después de todas estas catástrofes ha de llegar el Hijo del Hombre.

San Marcos dice que el verdor de la higuera anuncia la primavera próxima. Y san Mateo añade que el color del cielo predice el verano y las lluvias.

Sabemos entonces que cuanto más oscura la noche, está más próxima la luz. Que mientras más nos abrume la vida, Cristo está más cerca.

Los cristianos nos distinguimos siempre por una fuerza de esperanza. No caminamos despreocupadamente, como afirmaba Nietzsche, sobre los campos de batalla con una flor entre los labios. Somos sujetos pacientes y dolientes de todas las catástrofes humanas, pero nunca dejamos extinguir la confianza. En todos los calvarios adivinamos la alegría luminosa de la resurrección.

No afirmamos que los dolores y tragedias son el único escenario para el advenimiento del Señor. Pero nos consta de las costumbres de Dios: como las del buen samaritano, se detiene para aliviar al que está caído en el sendero. Igual que el Buen Pastor, deja las noventa y nueve ovejas para buscar la extraviada. O como el peregrino de Emaús, se junta con los desconsolados en el camino, para darles sabor a sus desabridos pensamientos.

En cada noche podemos encontrar su palabra segura, su mano que apoya la nuestra, el calor de su amistad y su cercanía que es descanso.

Alguno que había sufrido mucho escribió para nosotros: “Durante 30 años, caminé en busca de Dios, y cuando al final abrí los ojos, descubrí con sorpresa que era Él quien andaba buscándome”. Quienes han madurado en la fe se saben de memoria la teología del fracaso”

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