Por supuesto que hay muertos malos. Indeseables. Por pudor, decencia o agüero (miedo a que “jalen las patas”), más vale no mencionarlos ni maldecirlos. Porque “no pueden defenderse”, porque merecen “descansar en paz”, porque ya retornaron al “polvo elemental que nos ignora”...
Pero ¿existen las muertes correctas? ¿Por qué algunas muertes no son dignas de la mirada de los jóvenes y niños según el criterio de algunos adultos? Muchos no se arriesgan a que sus hijos vean un noticiero o un documental para evitarles la perversión del sufrimiento, las imágenes de esta Colombia violenta; en cambio, despliegan su plumaje cual pavo real cuando sus retoños derraman lágrimas ante guerras ficticias, héroes del séptimo arte paridos por la imaginación de libretistas...