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El Entierro

hace 3 horas
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com

Alrededor de mil cuatrocientos millones de pesos cuesta el Bentley Continental Flying Spur, el carro de alta gama y puro lujo que su propietario decidió enterrar.

En una publicación de Facebook dijo que se había inspirado en aquellos grandes faraones de Egipto que sepultaban sus ostentosas posesiones para poder seguir usándolas y disfrutándolas en el más allá. Una jugada maestra para burlar la muerte y su tal principio de que nada se lleva.

Naturalmente, no lo haría en un campo santo. Eran terrenos muy mortales e inseguros para conservar el patrimonio. El “sepelio” tendría lugar en una zona más acorde al lujo, más digno al costo. Los jardines de su mansión serían la última morada. Era un paraíso.

Al ser uno de los hombres más ricos de Brasil, la noticia no tardó en captar la atención de todo el país. La indignación era generalizada. El linchamiento moral, ético, social y religioso fue el infierno. No dejaban al pobre millonario proyectar su otra vida en paz. Pero siguió adelante y el día del ritual simbólico, con la fosa a punto y a la medida del Bentley, llegaron todos los medios de comunicación que el inmenso campo permitió. No había luto en ese circo.

Había transcurrido una semana desde la publicación en Facebook y lo inaudito estaba ocurriendo. Una grúa estaba lista para bajar lentamente el carro y que fuera enterrado. En ese momento el hombre se preparó para dar lo que serían las últimas palabras, las de despedida, pero puso el freno de mano a la multitudinaria curiosidad.

–La gente me condena porque quería enterrar un Bentley– dijo. Para afirmar de inmediato y sin filtros, que de hecho la mayoría de las personas se entierran con algo mucho más valioso que ese carro.

—Entierran corazones, hígados, pulmones, ojos, riñones. Eso no tiene sentido. ¡Tanta gente está esperando trasplantes y los entierran con sus órganos sanos que podrían salvar tantas vidas!

Fue el año en el que la campaña de donación de órganos no pasó inadvertida y él era parte de ella. En el mes siguiente aumentó el número de personas que firmaron el consentimiento de entrega un 31.5%. No fue un tema de valor de mercado, sino del valor emocional de darle vida a la muerte a través de otros.

Es un punto importante. Le damos un precio exacto a lo material y uno impreciso a lo emocional. Por eso terminamos protegiendo mejor a lo que se puede comprar, que a aquello que es irremplazable para nosotros en nuestro interior. Lo tangible tiene facturas claras. Se asegura, se guarda, se contabiliza. En cambio, lo que afecta por dentro vive sin inventario y muchas veces sin atención. Podemos asumir que estará disponible mañana y esa ilusión reduce su urgencia.

El valor emocional exige una atención intencionada. Un cuidado al detalle. No compite en brillo con los objetos. No se exhibe. Se construye en decisiones repetidas, en la privacidad del pensamiento y el sentir. Cuando se ignora, se desprecia, se oculta... lo emocional no se rompe de inmediato. Es algo más sutil y grave. Empieza a quebrantarse aquello que daba profundidad al propósito de estar con vida.

Lo material solo acompaña el trayecto, pero es lo emocional lo que le da dirección y descuidarlo, por proteger lo reemplazable, es una forma tristemente elegante de empobrecerse.

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