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El Jardín

hace 1 hora
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com

La tierra llegó en bultos apeñuzcados en el baúl. Incluso el hombre había comprado en el vivero uno de más de los que calculaba necesarios, porque pensaba que era mejor que sobrara a que hiciera falta. Igual, la tierra no se desperdicia. Siempre hay lugar para ella. El proyecto de antejardín estaba avanzando. Solo faltaba esa cuota de naturaleza para darle vida y quitarle ese feo vicio de ser de concreto, al que parecía haber sido condenado por los antiguos propietarios de la casa, que lo habían amputado de San Joaquínes, Geranios, Anturios y Dalias.

La mujer no estaba solo henchida por la emoción, sino por el embarazo. Habían transcurrido doce años desde el primer hijo y faltaba poco para el parto. Ya se imaginaba a su criaturito gateando entre el verde. Su peso era el único que a esas alturas podría sostener. La ayuda para descargar los sacos tendría que venir del mayorcito. La tapa del baúl no fue más rápida, pero sí más efectiva que el llamado de ayuda del papá a su muchacho para la tarea. No eran pocos ni ligeros los bultos, y se rio al recordar que cuando hablaba de él todavía se le escapaba llamarlo “mi niño”. Qué rápido crecen los Geranios. Un día estaba pegado a su pierna halándolo de la camiseta y al otro, ya podía cargar varios kilos sobre sus hombros. Buena luz, buena tierra y un buen riego. Ese es el secreto para que crezcan.

El llamado fue inútil en todas sus repeticiones y tonos. Él ya conocía la escena que se había empezado a repetir poco antes de igualarlo en estatura. Entraría y lo vería tirado en la cama, habitando mentalmente en la tablet. Como embobado. A veces sentía que lo halaba de la camisa para arrancárselo a la apatía sin lograrlo. —Estoy ocupado —le dijo sin despegar los ojos de la pantalla. —No, no lo estás —escuchó cuando le quitaba la pantalla de los ojos.

Capucha puesta, hombros caídos, pies arrastrándose y, veinte minutos después, la tierra fue puesta en su nuevo hogar mientras que, con los susurros de una voz que abandona la infancia, soltó una pregunta que no buscaba respuesta sino ser una queja: —¿Por qué tenemos que hacer esto?

El padre, entrecerrando los ojos como para enfocarlo mejor, lo miró y luego miró al suelo. Los goterones que corrían por la frente no eran gratuitos y, mientras los borraba con su antebrazo, vio en el balcón a la señora abanicándose en la mecedora y sintió la suavidad con la que se acariciaba el vientre. Al día siguiente ella le mandaría una foto para darle la noticia. Era temprano y la tablet fue desterrada por el joven, que se fue a terminar de remover y emparejar la tierra. Fue su decisión y ella lo capturó en acción. —Porque el amor se cultiva —le dijo su padre enfocándolo esa tarde en el nuevo jardín. El mismo que la mujer contemplaba sonriendo al compartir la foto y sentir las primeras contracciones.

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