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Ruido

hace 10 horas
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com

El hombre se detuvo para preguntarle a su pequeño hijo si lograba escuchar “eso”. Caminaban por unos cerros lejos de casa. Solos. Empezaba a oscurecer y el camino de tierra serpenteante se iba perdiendo poco a poco.

El niño se detuvo en medio de ese silencio de la naturaleza plagado de ruidos. Pájaros, ramas, viento. Nada más que eso, pero “eso”, no era evidente para él. El señor insistió en la pregunta y le pidió cerrar los ojos para afinar el oído... y funcionó. Le confirmó que escuchaba algo como una carreta.

–Tienes razón... y está vacía– dijo su viejo, mientras señalaba una de las curvas del camino que impedía distinguir algo que confirmara la agudeza de su oído. ¿Vacía?

Su hijo se preguntaba cómo podía saberlo si ni siquiera se veía. Pocos segundos después, la carreta apareció al doblar la curva y tal como su padre había predicho, iba completamente vacía.

Al verla, el hombre se inclinó entonces para susurrarle al niño que siempre mientras más vacía estaba una carreta, más ruido hacía al avanzar sin importar el camino.

No es carreta. En las relaciones humanas esta diferencia también se hace evidente. Hay quienes llenan el espacio con palabras, promesas y gestos bulliciosos. La intensidad con la que intentan hacerse visibles rara vez coincide con la profundidad de lo que tiene para ofrecer. Su ruido no nace de una abundancia interior, sino de su ausencia y no importa tanto lo que se dice, sino el hecho de decirlo. O mejor, gritarlo, alardearlo.

Son personas que necesitan pronunciarse sobre todo. Juzgar cualquier asunto, participar en cualquier conversación y reaccionar aún cuando no entiendan. El impulso no proviene de la convicción o del conocimiento, sino de la inquietud de desaparecer si no participan del espectáculo que inventan. Ahí está la paradoja.

Quienes poseen criterio, experiencia o conocimiento no suelen sentir la urgencia de recordarlo a cada momento. Su presencia no está en el ruido que pueden producir, sino en el peso de lo que aportan. Apenas hablan, pero cuando lo hacen algo queda claro, preciso, difícil de ignorar. Parece que la cultura actual premia más el volumen que el contenido.

Las voces más escandalosas terminan ocupando el centro de la conversación, determinándola, aunque no necesariamente tengan algo valioso que decir. Basta con hablar primero, hablar fuerte y hablar mucho. En ese terreno, el ruido suele confundirse con autoridad y la repetición con argumento. Las conversaciones terminan dominadas por quienes mejor manejan el volumen, no por quienes mejor comprenden la realidad que intentan explicar.

Son el estruendo innecesario avanzando por un camino donde ya ni la verdad es necesaria.

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