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Por Lily Andrea Rueda Guzmán* - opinion@elcolombiano.com.co

No hacer de la paz una oscuridad

Reflexionando sobre esto en una audiencia una víctima decía a los comparecientes “no hagan de la paz una oscuridad, recuerden lo que se firmó, para eso fue la paz, para el aporte a la verdad”.

hace 1 hora
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  • No hacer de la paz una oscuridad
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Por Lily Andrea Rueda Guzmán* - opinion@elcolombiano.com.co

“Decían algo tan contradictorio que sentí el impulso de gritar”, me dijo una víctima en la investigación sobre reclutamiento de niños y niñas al escuchar las primeras declaraciones rendidas por el antiguo Secretariado de las FARC-EP. Como a ella, he escuchado a muchas víctimas relatar el daño que genera la negación de la violencia. Por eso, la reciente solicitud de perdón presentada al país marca una etapa distinta, en donde el diálogo restaurativo es posible porque parte del reconocimiento de responsabilidad, del daño y de la gravedad de los crímenes.

Para los responsables esta es una oportunidad para contribuir al esclarecimiento integral de la verdad y para respaldar con más acciones este acto de reconocimiento, de manera que realmente aporte a la no repetición. Porque el significado del perdón se mide no sólo en el momento en que se pronuncia, sino en lo que ocurre después. Las palabras abren la puerta y los hechos le dan sentido. Para la sociedad abre un camino hacia una verdad que incluya el reconocimiento del daño y de la responsabilidad, una dimensión que va más allá de la verdad judicial de los procesos ordinarios a los que estamos acostumbrados.

La justicia tradicional, incluso en los tribunales internacionales, puede declarar responsabilidades, pero no puede obligar a nadie a reconocer moralmente el daño causado. En 2017, durante una audiencia ante el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, el general croata Slobodan Praljak, condenado por crímenes de guerra, al ser confirmada su sentencia a 20 años de prisión, gritó “no soy un criminal de guerra, me opongo a esta sentencia” y decidió quitarse la vida en plena sala de audiencia tomando un veneno.

La verdad judicial, sin reconocimiento ni perdón, puede establecer delitos, incluso crímenes de guerra. Y, si logra capturar a los responsables, - lo que no siempre sucede -, privarlos de la libertad bajo una fórmula que parece incuestionable: la cárcel. Sin embargo, incluso en este escenario, no logra eliminar el último bastión de disputa narrativa: la justificación de los hechos en la voz de quienes perpetraron los daños.

Después de esta solicitud de perdón se abre un espacio de reflexión que interpela tanto a las víctimas como a la sociedad sobre lo que este gesto significa. Para el proceso dialógico implica afirmar que aquello que ocurrió no debió ocurrir y que el daño fue real. Cuando esto ocurre, las experiencias violentas sufridas por las víctimas dejan de ser objeto de controversia y se vuelven injustificables para todos los sectores, incluidos quienes las perpetraron.

Algunas víctimas han dado una oportunidad a los responsables que antes era impensable. Como dijo una de ellas refiriéndose a lo que espera de ellos “romper el libreto, para dejar de hablar como funcionarios del pasado y empezar a hablar como seres humanos que un día también fueron niños”. Esta oportunidad parte de investigaciones profundas y de verdades dolorosas, verificadas judicialmente, que durante años permanecieron invisibilizadas y rodeadas de impunidad. Estas investigaciones devuelven el valor moral a una frontera que debe ser inquebrantable: la protección de niños y niñas como los seres más vulnerables de nuestra sociedad. Este límite se vuelve a levantar dejando claro que ni siquiera la guerra es excusa para violarlo.

Reflexionando sobre esto en una audiencia una víctima decía a los comparecientes “no hagan de la paz una oscuridad, recuerden lo que se firmó, para eso fue la paz, para el aporte a la verdad”. Otra decía que esta es una oportunidad para que la verdad no duela por falta de justicia, sino que sane por fin desde la justicia restaurativa y que “el mensaje final sea solo uno: nunca más un niño o una niña en la guerra”.

Por supuesto, el camino que continúa es complejo y lleno de desafíos. Pero la luz de la verdad, por todos aceptada, habilita una oportunidad que no había tenido este país, y que ningún tiempo de cárcel puede garantizar. Que el relato cambie, que cesen las justificaciones sobre la violencia y que la condena al sufrimiento de la niñez sea compartida por todos, incluso por quienes lo causaron. Este es un primer paso para que la justicia restaurativa del Acuerdo de Paz sea una luz para el futuro y no una oscuridad del presente.

* Magistrada de la Sala de Reconocimiento de la JEP y relatora del Caso 07: Reclutamiento y utilización de niñas y niños en el conflicto armado.

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