Ha dejado un gran vacío la muerte de Aura López. En el ámbito cultural de Medellín, pero sobre todo en el corazón de quienes tuvimos el privilegio de tratarla y de deleitarnos con su encantadora voz de lectora de textos literarios.
Si con el morir se apaga la voz, no pasará así con la de Aurita. Para ella la eternidad, me atrevería a decir, va a ser una continuada lectura en voz alta. No puede ser otra la vida más allá de la muerte para quien, cuando leía, eternizaba en su melodiosa y dulce voz los cuentos, poemas y libros que nacían, o resucitaban, en sus labios. Leer es, siempre, volver a parir, o resucitar, lo que alguien escribió.
Como otros muchos, yo conocí a Aurita en la Librería Aguirre. Allí también, de la mano o, mejor, del corazón...