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La falta de verdaderos partidos políticos hace que ambas instituciones aparezcan y operen de manera coyuntural, sin ninguna fuerza ni formulación hacia el futuro.
Por Luis Fernando Álvarez Jaramillo - lfalvarezj@gmail.com
En el marco de una vieja discusión, la Carta del 91 consideró necesario establecer normas que hicieran posible y real el surgimiento de un pluripartidismo, capaz de promover una mayor participación ciudadana y, por consiguiente, poner fin a la violencia ocasionada durante décadas por aquellos que vieron cercenadas sus posibilidades de intervención en las decisiones de poder, debido a la implementación de un rígido sistema bipartidista que hacía exclusiva y excluyente la intervención en política, reservándola para quienes reconocieran su pertenencia al Partido Conservador o al Liberal.
Sin embargo, la línea divisoria entre ambas organizaciones se hizo cada vez más confusa. Aquella afirmación de que los conservadores eran más afines a la Iglesia católica y los liberales, más laicos; o que los conservadores estaban en favor de una autoridad dura, mientras los liberales abogaban por vías flexibles; o que los conservadores protegían de preferencia al sector agropecuario, mientras los liberales predicaban políticas proteccionistas para la industria y los artesanos urbanos, hicieron del bipartidismo un modelo que finalmente generó una enorme e inútil violencia, que trató de ser disipada mediante la implementación de un sistema de participación compartida y de alternancia en el ejercicio del poder, llamado Frente Nacional.
El constituyente del 91, consciente de esta situación, pretendió instaurar el pluripartidismo mediante la expedición de normas constitucionales que estimularan la participación en los procesos electorales, a un número plural de partidos. Para que esto fuera posible, era fundamental intervenir el sistema electoral, en la parte necesaria para favorecer la estructuración de un modelo plural de partidos.
No valía la pena modificar las reglas para elegir congresistas. El sistema de listas y la aplicación del cociente electoral o la posterior cifra repartidora estaban concebidos para favorecer el pluripartidismo. La elección del presidente de la República por el sistema de voto unitario y mayoría única favorece el esquema bipartidista, pues estimula la formación de grandes partidos. Sin embargo, por la tradición del sistema presidencialista, ese modelo debía permanecer, de manera que al constituyente solo le quedó la opción de instaurar la figura del vicepresidente y el modelo de doble vuelta, ambos concebidos como esquemas para favorecer el pluripartidismo.
En sentido estricto, ambas figuras han tenido poca relevancia. La doble vuelta se concibe como un instrumento para que, a través de su utilización, los pequeños partidos se comprometan a apoyar a uno de los partidos mayoritarios, con la condición de tener una participación real en el poder. Lo mismo se pensó acerca de la fórmula del vicepresidente. Debía tratarse de una figura perteneciente a un tercer partido, que buscara trascendencia para el futuro, mediante su figuración en la fórmula presidencial.
La falta de verdaderos partidos políticos hace que ambas instituciones aparezcan y operen de manera coyuntural, sin ninguna fuerza ni formulación hacia el futuro. Es decir, tanto la segunda vuelta como la fórmula vicepresidencial son meras cuentas electorales de coyuntura que nada aportan a la evolución del sistema democrático.