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La era del populismo disruptivo

hace 44 minutos
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  • La era del populismo disruptivo
  • La era del populismo disruptivo

Por María Bibiana Botero Carrera - @mariabbotero

Las democracias occidentales están entrando en una nueva era de populismo disruptivo: liderazgos cada vez más emocionales, personalizados, antiinstitucionales y dispuestos a dinamitar las reglas tradicionales de la democracia para conectar con una ciudadanía frustrada, advertía hace unos días un artículo de The Wall Street Journal. Colombia no está por fuera de esa tendencia: la gente ya no está pidiendo normalidad. Está pidiendo respuestas.

Durante años, buena parte del establecimiento político creyó que después de las crisis de polarización, radicalización y populismo vendría una etapa de moderación y estabilidad. Que los ciudadanos volverían a confiar en los partidos tradicionales, en consensos institucionales y en fórmulas políticas de siempre. Por el contrario, lo que vemos en Estados Unidos, Francia, Alemania, Reino Unido y varios países de América Latina es una ciudadanía más frustrada, desconfiada y más dispuesta a respaldar liderazgos disruptivos que prometen romper el sistema, incluso si eso implica tensionar las instituciones.

El fenómeno no es solo ideológico. Es emocional. Millones de personas sienten que las democracias dejaron de resolver sus problemas reales. La inseguridad crece. El costo de vida aumenta. Las oportunidades se reducen. Los servicios públicos se deterioran. Y mientras tanto, la política parece atrapada en discusiones abstractas, cálculos electorales y narrativas desconectadas de la vida cotidiana.

No en vano, el 42% de los latinoamericanos cree que la democracia puede funcionar sin partidos políticos y el 39% piensa que puede hacerlo sin Congreso, según Latinobarómetro 2024. Empieza a evidenciarse es una profunda crisis de representación.

Ese vacío lo llena el populismo disruptivo. Liderazgos que entendieron algo fundamental: hoy mucha gente ya no vota solo por esperanza. Está votando por ruptura.

Ruptura con élites tradicionales, con los partidos, con las reglas y con un sistema que perciben lento, lejano e incapaz de responder. Ahí está quizás el mayor error de muchos sectores moderados: creer que basta con ofrecer estabilidad para recuperar legitimidad. No es suficiente.

Cuando el malestar social se acumula durante años, la moderación puede empezar a parecer indiferencia. Y la defensa de las instituciones puede confundirse con la defensa del statu quo. Eso no significa que el populismo tenga las respuestas correctas. Muchas veces no las tiene. Pero sí significa que entendió primero el tamaño del agotamiento ciudadano.

Lo vemos en Colombia. También hay una ciudadanía cansada: de la inseguridad, del deterioro institucional, de la polarización, de la incapacidad del Estado para ejercer control territorial en regiones enteras y de una política que muchas veces parece más concentrada en la pelea ideológica que en resolver problemas concretos.

Por eso las elecciones de 2026 no deberían analizarse únicamente desde las encuestas o candidaturas. Hay una conversación mucho más profunda ocurriendo debajo de la superficie: una sociedad emocionalmente agotada y cada vez más dispuesta a castigar todo lo que huela a continuidad. Ese es el terreno perfecto para discursos disruptivos. O populistas. Las democracias no se debilitan solo cuando llegan los radicales al poder. También cuando sectores moderados pierden capacidad de interpretar el momento histórico y entender por qué millones de ciudadanos dejaron de sentirse representados.

El verdadero riesgo para la democracia no empieza cuando la gente deja de votar, empieza cuando deja de creer. La democracia sigue existiendo. Lo que empieza a agotarse es su legitimidad.

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