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Vana-gloria

Un hombre puede proclamar fidelidad a la democracia sin tolerar a quienes piensan diferente.

hace 1 hora
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  • Vana-gloria
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Por María Clara Posada Caicedo - @MaclaPosada

Las noticias sobre el Premio Nobel de Literatura concedido a Anne Carson a quien, debo confesar con algo de vergüenza, no he leído aún; me obligaron a acercarme a las reseñas de prensa y perfiles sobre esta escritora canadiense. Vinculada a la antigüedad griega, si podemos llamar antiguo a un pensamiento tan vigente, Carson, según leo, encuentra en aquellos textos algo más que erudición. Para ella, los antiguos siguen siendo nuestros contemporáneos, capaces de iluminarnos sobre las pasiones y contradicciones que todavía gobiernan nuestra existencia.

Esa proximidad me hizo recordar una distinción fundamental del pensamiento griego. Antes de preguntarse por las instituciones, los filósofos se interrogaban por los hombres llamados a gobernarlas. Platón, en La República, establece una correspondencia entre las formas de gobierno y las disposiciones del alma. Habla del hombre aristocrático, timocrático, oligárquico, democrático y tiránico. Las constituciones entonces, expresan también las virtudes, los apetitos y los desórdenes de quienes las habitan. Para buena parte del pensamiento griego, la legitimidad del poder no se agotaba en su origen. Importaban también sus fines.

Aristóteles por su parte, distinguía las constituciones rectas de sus desviaciones según procuraran el bien común o el beneficio particular de quienes mandaban. El poder no encontraba justificación únicamente en los procedimientos mediante los cuales había sido adquirido. Su razón moral debía encontrarse también en el sentido de justicia. La tiranía, por consiguiente, no comienza necesariamente cuando un gobernante desconoce una ley -o cuando un juez desconoce el derecho-. Puede comenzar antes, cuando un hombre acostumbra confundir sus deseos con sus derechos, su voluntad con la justicia y su importancia personal con el destino de los demás. El tirano existe antes de conquistar el poder. Este solamente le proporciona instrumentos para extender sobre la comunidad una servidumbre que ya gobernaba su alma.

Comprendemos entonces aquella observación de mi referente predilecto Don Nicolás Gómez Dávila, “No es posible organizar el Estado de manera que no importe quién mande”. Las instituciones limitan el poder, pero no convierten a un hombre intemperante en prudente, ni a uno vanidoso en justo. Ninguna constitución sustituye las virtudes de quienes deben respetarla. Los estoicos, tan citados por estos días, comprendieron que la vida pública no constituye una excepción a la vida moral. Epicteto por ejemplo, enseñaba que nadie puede gobernar rectamente mientras permanezca esclavizado por sus pasiones. Solemos condenar la tiranía y los abusos de los gobernantes mientras ejercemos pequeñas tiranías sobre quienes nos rodean. Quien exige obediencia absoluta, desprecia la contradicción o considera una ofensa cualquier desacuerdo, lleva consigo una disposición tiránica, aunque pronuncie discursos sobre la libertad y la justicia. Marco Aurelio ejerció una autoridad inmensa, pero sus Meditaciones testimonian su esfuerzo por someterse a la razón y desconfiar de la vanidad. Diocleciano representa una concepción más jerárquica y sacralizada del poder, aunque procuró distribuir la autoridad imperial. Ninguno fue democrático en sentido moderno. Ambos, desde concepciones distintas, buscaron imponer límites a un poder que les habría permitido gobernar despóticamente.

Esa voluntad de moderación, aun sin contrapesos democráticos, recuerda cuánto puede depender el ejercicio de la autoridad del carácter de quien la posee. Quizá nuestra época haya confiado excesivamente en que los procedimientos pueden dispensarnos de examinar los caracteres. Hemos aprendido a medir la legitimidad de los gobiernos, pero no siempre a reconocer las inclinaciones capaces de destruirla desde dentro. Un hombre puede respetar formalmente las elecciones y despreciar íntimamente la libertad ajena. Puede invocar las instituciones mientras procura someterlas a su voluntad, o proclamar su fidelidad a la democracia sin tolerar a quienes piensan diferente.

Volver a los griegos significa recuperar esa mirada que busca, detrás de las instituciones, la naturaleza de los hombres. Las instituciones revelan cómo está organizado el poder, pero el alma de quien gobierna termina revelándonos cómo será ejercido. En tiempos de elecciones en el continente, de populismos exacerbados en algunas geografías, de fanatizadas masas y de tribunales activistas rodeados de flashes, qué importante aprovechar la excusa del Nobel para leer (en mi caso conocer) a Anne Carson, y encontrar lo que todavía pueden enseñarnos los antiguos a través de su obra, para estos, nuestros tiempos de vana-gloria.

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