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Lina María Múnera Gutiérrez
Columnista

Lina María Múnera Gutiérrez

Publicado el 14 de noviembre de 2021

Náufragos terrestres

En la década de los 60 se construyó un conjunto de apartamentos en un lugar idílico de la costa francesa que mira hacia el océano Atlántico. 78 viviendas a 300 metros de la playa que prometían una vista inolvidable. Hasta que la Naturaleza volvió a recordar quién es más fuerte. La erosión costera hizo que este edificio, llamado La Señal, hoy en día esté a 10 metros de la playa y haya tenido que ser desalojado en 2014 por el inevitable derrumbe que lo asecha. Y como este caso, hay 6.000 edificaciones más amenazadas en Francia.

Los antiguos habitantes de La Señal se han visto enfrentados a quedarse sin vivienda, a la deriva y sin rumbo y, seguramente, sobrepasados por una situació que jamás llegaron a imaginar.

Pero ¿qué pasa por la cabeza de alguien, absolutamente consciente y advertido sobre lo que va a ocurrir, que decide construir su casa sobre un acantilado que el mar se va a llevar? Esta es otra historia real que se desarrolla al norte de Inglaterra y que se dio a conocer en un programa que ya es un clásico en la televisión británica. Se trata de Grand Design, una serie que se emite desde hace 22 años y que muestra construcciones inusuales y extravagantes en las que se embarcan personas que quieren construir su casa soñada. En uno de estos capítulos, una pareja de mediana edad compra un terreno en lo alto de un risco que mira al mar para construir esa casa anhelada, con el conocimiento pleno de que sus hijos no podrán heredarla porque la erosión hará que el terreno vaya deshaciéndose lentamente hasta que la casa desaparezca.

En los dos casos, tanto el francés como el inglés, las personas se han rendido al poder de esa fuerza superior, unos obligados y otros por elección.

Se podría pensar que los franceses viven la pérdida de lo que fue su sueño, su seguridad y, tal vez, lo que imaginaban que habría de quedarle a sus descendientes. Su apego es comprensible y el drama que viven lo puede entender cualquiera.

Los ingleses deciden vivir su sueño efímero ahora, sin pensar en que tenga que quedar para la posteridad rastro físico alguno de lo que crearon y disfrutaron. Parecen no sentir apegos materiales y les entregan a sus hijos el valor de vivir protegidos ahora sin heredar bienes en el futuro.

Dos aproximaciones vitales diferentes para una misma situación que nos recuerda la fragilidad del ser humano frente al océano. Y también su lírica. Porque nada más poético que sentirse náufrago, no mar adentro, sino en tierra firme

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