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Julián Posada
Columnista

Julián Posada

Publicado el 10 de abril de 2021

Ojalá

“Vengo del fuego y voy hacia él. Soy tierra calcinada. En mi sangre, brasas sin tregua. Resuenan las reyertas en mí como si yo fuera la extensión de un desagravio jamás consumado. Me llamo Ofelia María Cifuentes y estoy en La Escombrera. Aquí solo hay oscuridad compacta. Polvo, piedras y basura”. Desgarra el dolor de esa mujer que encarna a tantas víctimas de ese holocausto que describe Pablo Montoya en su último libro, oscuridad y piedras de los que han visto esfumarse a los suyos en medio de nada o de tanto y el de muchos otros que asistimos atónitos a los incendios con los que los insensatos pretenden hacer arder la ciudad y convertirla en ese infierno que solo somos capaces de crear los seres humanos.

Sigue Pablo Montoya: “El nuestro es lo que podría denominarse un Estado bipolar. Algunas de sus zonas son tenebrosas y otras, luminosas. Pisotea al ciudadano aquí y lo mima allá. Está penetrado, por un lado, por las mafias del narcotráfico y el paramilitarismo y la peor corrupción; y por el otro, apoya la educación y la cultura y posee instancias judiciales que se preocupan por la dignidad del hombre”.

Escribió Rilke en su Primera elegía que “la belleza no es nada sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces de soportar”. En silencio mudo se consumen las muchas páginas de la Sombra de Orión, la nueva novela de Pablo Montoya es una espiral de dolor que desciende paso a paso hacia el peor de los mundos de lo que fue esa operación que en 2002 buscaba expulsar las milicias de la comuna 13. Ahí está el espejo de todos los horrores en los que este país no quiere mirarse, el espejo de toda la ignominia de la que es capaz el Estado que unos en nombre de tantos dicen defender.

Ese botadero enorme que es La Escombrera es la metáfora vergonzosa de lo que somos, un territorio donde reposan insepultos los muertos que han alimentado cada una de las guerras de esta Colombia amnésica donde en medio del ensimismamiento general algunos hacen de ella lo que les viene en gana. Desfilan por este enorme libro todos los males, y el polvo blanco que llueve sobre esta Medellin y lo va transformado todo hasta obtener la transmutación de tantos valores.

Como la violencia, como este país y como está ciudad el libro desborda, duele, arrastra y paraliza, y leerlo a la luz de lo que estamos viviendo y del dolor que produce hoy Medellin resulta aún más desolador, su ritmo vertiginoso atrapa o repele, adentrarse en él es bordear el abismo, pero no todo es oscuridad compacta, hay entrelazado en esas páginas un relato de amor que salva y redime y que hace que tanta locura no logre desbordarse y gobernarnos por siempre. Estremece pensar que la única ficción en esa investigación vuelta novela sean los nombres de los protagonistas.

Es jueves y en otra reunión virtual de este nuevo encierro mientras la ciudad arde leo un cartel que cuelga atrás de uno de los asistentes. Dice: Amor llama Amor. Ojalá y sea cierto

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