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Oyendo boleros

Quienes crecimos entre boleros y a su ritmo vivimos las más bellas, por estúpidas, experiencias de la vida. Oírlos es una vivencia tan frágil que en ese mismo aroma de fugacidad en que se consumen tiene su grandeza.

24 de junio de 2023
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  • Oyendo boleros

Por Ernesto Ochoa Moreno - xsadd@adsasdasdasd

Dos puentes festivos seguidos, además del aburrimiento nos dan también la posibilidad de perder el tiempo (¿o ganarlo?) haciendo cosas que podrían ser tachadas de inútiles, como sentarse a oír música vieja. Boleros, para más señas.

Entonces esos boleros viejos, como las cigüeñas, regresan a sus nidos, vuelven a posarse en los techos añosos, en espadañas de templos ya vacíos. Y sus aleteos despiertan adolescencias perdidas, inútiles tristezas, romanticismos redivivos que en realidad no existieron pero que no queremos dejar en manos del olvido y utilizamos como viñetas para adornar la melancolía. Una melancolía que llamamos nostalgia para disimular que ya no existe la alegría.

Es curioso este intento por arañar el pasado. Unos lo disfrazan de eruditismo fastuoso; otros, enarbolando ascetismos trascendentales, lo degüellan de un tajo. En el fondo, lo hacemos porque todos somos fugitivos de un miedo: el miedo al futuro los que se quedan rezagados en el pasado; el miedo a ese pasado los que entonan himnos a un futuro que ya no les pertenece a ellos tampoco. Un miedo doble que se llama soledad.

Y la soledad, que conste, tiene nombre de bolero (Hola, soledad). Quienes crecimos entre boleros y a su ritmo vivimos las más bellas, por estúpidas, experiencias de la vida, no nos explicamos que en algún momento la gente se ponga a pelear o discutir por el valor de un bolero, de un pasillo o de un tango. Oírlos es una vivencia tan frágil que en ese mismo aroma de fugacidad en que se consumen tiene su grandeza.

Librar batallas por causas tan simples que quedan destruidas apenas las magnifican, nos está demostrando que mirar hacia el pasado no es malo ni que enfrentar rabiosos el futuro sea mejor, sino que mientras no se pruebe lo contrario, perder el sentido de las proporciones es una falta de inteligencia.

En fin, concluyo esta inesperada y medio torpe reflexión (¿diatriba o alabanza del bolero?) sobre el pasado, el futuro, la nostalgia y la melancolía que se agazapan en el hecho de ponerse a escuchar música vieja. Resulta que un bolero no es sino un bolero. ¿Para qué recargar las emociones simples de arandelas innecesarias? ¿A qué esta enfermiza necesidad de ponerle altoparlantes a los sentimientos sencillos de la vida?

Por lo demás, que yo al oír un bolero no pueda menos de evocar el pasado y empiece a nacer detrás del corazón una mínima nostalgia no significa ni que esa música es eterna, ni que yo esté cometiendo un pecado de les futuro. Quizás, simplemente, esté escuchando un bolero. No más.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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