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Petro no está loco

hace 41 minutos
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Por Juan Mario Giraldo Riascos - @juanmgiraldor

Hay una tentación consoladora en llamar loco al adversario político. Después de todo la locura ajena nos exime de tomarnos en serio sus argumentos y pensar en refutarlos. Si Petro está loco, entonces lo que vemos no exige una respuesta, solo paciencia: la espera de un ciclo electoral, la confianza en que las instituciones aguanten y la tranquilidad de saber que el problema es ajeno a nuestra inteligencia. Pero la locura petrista no resiste el examen de los hechos pues el presidente no es errático sino consistente. Consistente en algo que nos negamos a mirar.

Un loco rompe sus promesas en cualquier sentido; Petro las rompe siempre a favor del propio poder. Firmó en mármol en 2018 que no convocaría asamblea constituyente, y hoy publica una cuenta de Bancolombia para financiarla. Juró ante notario en 2022 que no expropiaría, y en 2025 expidió un decreto que habilita expropiación administrativa. Anuncia, semana tras semana, mecanismos que concentran la decisión política en sus manos: constituyente, conmoción interior, decretos, llamados al “poder constituyente del pueblo”, consultas populares. Hay una flecha, un arco dramático que nos revela algo. Quien quiera defender la tesis de la locura tendría que explicar por qué el “delirio” siempre va en la misma dirección.

Quiero proponer una aproximación diferente, más estratégica. Una aproximación que nos permita darnos cuenta de que no estamos en el mundo del debate honesto sino en otra cosa diferente y lejana de las aulas de clase. Veamos algunos indicios: es bien conocido que el socialismo no le funcionó ni siquiera a los alemanes y por lo tanto no le funciona a nadie. Pero Petro promete bienestar destruyendo riqueza. Promete paz descuidando la seguridad. Promete fortalecer al débil debilitando al fuerte. Yo me pregunto, cuando alguien miente sistemáticamente dañando a los demás y beneficiándose a sí mismo, ¿qué está haciendo? La respuesta es incómoda y obviamente nadie quiere pelear, pero lo que Petro hace con el debate público en Colombia es algo más parecido a una estafa. Una estafa social de proporciones incalculables.

Decía Jean François Revel que el socialismo era una “utopía genocida indirecta”, y razón no le falta. En Colombia lo estamos confirmando con la cubanización del sistema de salud que costará decenas de miles de vidas, y a la cual hemos contestado con una decencia inglesa, como si estuviéramos en una conferencia en Uniandes y pudiéramos citar poemas. En materia de ahorro pensional la respuesta también ha sido demasiado técnica, y los pobres fondos, confundidos, no han podido articular una contraestafa al embate petrista. Nuestro verdadero desafío como sociedad es cuestionar el marco desde el que nos habla el colectivismo de izquierda, plantearles que en esos términos no puede continuar la conversación y que nos hemos dado cuenta de que el problema con ellos no es su estilo o su “locura”, sino la intención explícita de engañarnos y estafar.

Es una conclusión difícil pero es la verdad. Nos plantea un nuevo desafío como sociedad en el cual debemos encontrar espacios de diálogo democrático entre sensatos mientras encontramos una manera pertinente de tratar a los estafadores. Una manera que anteponga a la estafa una contraestafa y no un ingenuo falso debate inexistente.

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