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Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 23 de febrero de 2022

¿Por qué el pesimismo?

No hemos logrado formar un Estado real de derecho, sino uno lleno de formalidades, contraparte de las necesidades reales del ciudadano.

La última encuesta de Invamer Gallup es como una aproximación al apocalipsis. Refleja un aterrador pesimismo de los colombianos. En sus resultados no puede ser más preocupante. Todas las instituciones —con tres excepciones— son descalificadas por los encuestados. No queda títere con cabeza.

El 85 % de los ciudadanos entrevistados para esa encuesta considera que en el país todo está empeorando. Un pesimismo que se convierte en una epidemia más. Aceleradamente se ha ido perdiendo la confianza en el régimen institucional. Una situación que se agrava cuando el debate electoral para escoger al nuevo Jefe de Estado tiene enredado al viejo establecimiento. Confundido, da patadas de ahogado.

Las entidades más desprestigiadas siguen siendo el Congreso de la República, los partidos políticos, las cortes y el sistema judicial (incluyendo la Fiscalía), los órganos de control como la Procuraduría y la Contraloría. Hasta el sistema sindical aparece en la lista de los reprobados por la opinión pública. Todas ellas con calificaciones tan bajas que se vuelven vergüenza nacional. Con esos resultados la democracia se vuelve frágil. El Estado se convierte en una entelequia. En un andamiaje inerte. No hemos logrado formar un Estado real de derecho, sino uno lleno de formalidades, contraparte de las necesidades reales del ciudadano. Los aventureros hallan así el terreno abonado para sus temeridades y audacias.

De esa catástrofe institucional solo se salvan las Fuerzas Militares, la Iglesia católica y los empresarios. Pero pasan raspando, con unas cicateras calificaciones que las salvan del naufragio. Los escándalos en estas dos primeras instituciones —corrupción en una y pedofilia en otra— han minado sus prestigios y su confianza que conservaban en alto grado.

Cómo estaremos de mal que de la impopularidad generalizada de los candidatos presidenciales con opción de triunfo, solo el señor Petro, ilusionista y populista, tiene un punto de ventaja en imagen positiva sobre la negativa. De resto, con la otra excepción de Galán, pero sin posibilidad alguna de éxito, todos se hunden. Los que se creían que estaban en sala de confort hoy miran cómo su suerte cae como castillo de naipes.

En la encuesta se refleja que las gentes en el país sienten miedo dada la inseguridad en las calles. A diario se topan con que la corrupción sigue marcando la punta de la competencia nacional de los escándalos. Miran cómo los que alguna vez inundaron de sangre los campos, secuestraron y violaron niegan su responsabilidad y gozan de toda clase de gabelas jurídicas, en tanto sus víctimas siguen esperando que se les repare lo que les arrebataron.

Con un pesimismo nacional, como el revelado por Invamer, y las divisiones entre quienes dicen repudiar los populismos, es difícil que el establecimiento prolongue la vigencia del sistema económico y social colombiano. Con los odios por encima de las coincidencias, valores y responsabilidades de país, agotan los tiempos para evitar que el hundimiento sea inexorable.

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