Hace doce años le envié un cuento a una escritora venezolana que estaba compilando trabajo de jóvenes escritores para una publicación. El cuento llamado “Él es la Hingis”, trataba de una mujer que a medida que guardaba los objetos que quedaban de una relación fallida iba recordando ese amor. La protagonista pasaba el cuento entre lo amargo, lo bello, lo agridulce, hasta que aparecía uno de esos portarretratos que nunca se usaron y que contenía un recorte de la tenista Martina Hingis. Ese retrato le recuerda cómo esa relación la hizo estallar en mil pedazos.
Mi cuento no fue aceptado. Así es la vida. Así es la literatura.
Pero tenía veinticinco años y no quería creer que las cosas fueran así. Me enfurecí. Me frustré. En esa crisis de identidad...