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¿Qué significa ser un hombre?

Las consecuencias de ese viraje moral ya son visibles. El liderazgo que hoy predomina en Occidente muestra poco interés por los principios del hombre de verdad de Kipling.

hace 59 minutos
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  • ¿Qué significa ser un hombre?

Por Javier Mejía Cubillos - mejiaj@stanford.edu

If— (Si...), de Rudyard Kipling, es quizá el poema más conocido de la lengua inglesa. Es, de cierta forma, un decálogo de la moral victoriana. Tras enumerar una larga lista de consejos a quien parece ser su hijo—conservar la serenidad en la crisis, actuar con integridad cuando otros engañan, mantener la humildad frente al éxito y la dignidad frente al fracaso, arriesgar sin temer a la pérdida, reconstruir lo destruido sin lamentarse y perseverar aun cuando solo la voluntad sostenga el camino—el poema culmina con una promesa:

Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella, y —lo que es más—: ¡serás un Hombre, hijo mío!

Para Kipling, ser hombre no era un atributo físico ni, mucho menos, una condición natural; era un ideal moral. Un estado al que se llegaba mediante el cultivo del carácter.

Esa concepción del “hombre de verdad” fue, por milenios, uno de los pilares de la cultura occidental. Ya aparecía en el folclore del Mediterráneo antiguo. La Odisea, por ejemplo, no es solo la historia de alguien que regresa a su hogar; es, sobre todo, el relato de un hombre que aprende a gobernarse a sí mismo, a resistir las tentaciones y a sacrificar deseos inmediatos para cumplir responsabilidades superiores. En la tradición romana la idea resulta aún más explícita. La pietas—el cumplimiento del deber hacia los dioses, la familia y la patria—constituía uno de los fundamentos del ethos romano, y encontraba su expresión ideal en Eneas, que renuncia a su amor por Dido para cumplir la misión de fundar el pueblo romano. Ese arquetipo reaparecería una y otra vez en la literatura occidental, adaptándose a las condiciones materiales de cada época. El misticismo cristiano se injertó en las dinámicas feudales y de allí surgieron los paladines medievales; siglos después, la ciencia moderna y la tecnología industrial serían el suelo del que emergerían los superhéroes de los cómics del siglo XX.

Y, sin embargo, tras sobrevivir más de dos mil años, ese ideal se ha desmoronado en unas pocas décadas. Ha sido reemplazado por lo opuesto. La popularidad de expresiones como “el hombre no es gente” o “men are trash“ (los hombres son basura) en redes sociales lo ilustra bien. Ambas reflejan un cambio cultural en el que la figura masculina ha pasado a asociarse más con la ignorancia, la impulsividad, el egoísmo y el privilegio que con la virtud.

Este cambio se explica, en buena medida, por las críticas que distintas corrientes del pensamiento contemporáneo—entre ellas el posmodernismo y buena parte de la teoría feminista—dirigieron a la tradición occidental y, en particular, a la noción de patriarcado. Desde estas perspectivas, los ideales culturales no son simplemente aspiraciones morales, sino mecanismos mediante los cuales determinados grupos consolidan relaciones de poder. Bajo esa mirada, el modelo tradicional de masculinidad invisibilizó las virtudes de quienes no eran hombres blancos, confinó durante siglos a las mujeres al ámbito privado y sirvió para justificar la dominación colonial y otras formas de exclusión.

Buena parte de estas quejas son legítimas, y hay valor en examinar críticamente los propios ideales. El problema es que, junto con los abusos que debían ser denunciados, también se desacreditaron principios que cumplían una función social valiosísima.

Porque el “hombre de verdad” de Kipling no era solo un modelo de masculinidad. Era, sobre todo, un ideal de liderazgo. Representaba a quien asumía la responsabilidad incluso por aquello que no había provocado directamente; ponía el interés colectivo por encima del beneficio personal; buscaba representar con justicia a quienes dependían de él y procuraba decir la verdad incluso cuando hacerlo resultaba costoso. Eran precisamente esas virtudes las que permitían que otros confiaran en su autoridad y en su visión.

Y el problema no fue solamente abandonar ese ideal. Fue no reemplazarlo por otro que cumpliera una función equivalente.

Los milenios de historias protagonizadas por personajes cuya grandeza consistía en sacrificar parte de sí mismos por el bien de la comunidad dieron paso a historias cuyos protagonistas buscan, ante todo, visibilizar su identidad y lograr que el resto de la sociedad la sitúe en el centro de su simbología. Esas narrativas tienen algunos méritos, pero dejan otro tipo de lecciones: lecciones sobre lo que la comunidad debe hacer por el individuo, y no sobre lo que el individuo debe hacer por la comunidad.

Las consecuencias de ese viraje moral ya son visibles. El liderazgo que hoy predomina en Occidente muestra poco interés por los principios del hombre de verdad de Kipling. Elegimos, cada vez con más frecuencia, dirigentes para quienes la verdad es secundaria, el sacrificio personal carece de valor y el servicio a la comunidad ha sido reemplazado por la promoción permanente de sí mismos.

Los riesgos de ese tipo de liderazgo son poco perceptibles en los periodos en que predomina la buena fortuna. Pero la buena fortuna es un espíritu pasajero, y es en su ausencia donde la pequeñez de los líderes resulta catastrófica. Una sociedad que no premie el coraje, la honestidad, la disciplina y la responsabilidad no sobrevivirá a los choques de gran escala que tarde o temprano habremos de presenciar.

Es prioritario, entonces, reconstruir un ideal de virtud. No uno basado en la identidad, sino en el carácter. Si usted tuviera que enumerar las virtudes que su hijo necesitaría cultivar para liderar en un mundo agreste, ¿cuáles incluiría?

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