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Por Rubén Darío Barrientos G. - opinion@elcolombiano.com.co

El debate como emboscada

hace 40 minutos
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  • El debate como emboscada
  • El debate como emboscada

Por Rubén Darío Barrientos G. - opinion@elcolombiano.com.co

En política, casi todo lo que parece obvio ya dejó de ser verdad. Durante años nos cacarearon que el debate era el corazón de la democracia: el lugar donde las ideas se enfrentan y el mejor argumento convence. Hoy, en cambio, el debate presidencial es un campo minado, un escenario de alto riesgo donde un error pesa más que cien aciertos. La discusión volvió a escena por la reticencia de Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella de ir a los debates. La reacción automática es acusarlos de evadir. Pero eso es leer la política con categorías viejas. No es cobardía. Es cálculo. Baste decir que los debates no ganan elecciones, pero sí pueden perderlas.

Miremos evidencias a la colombiana. Juan Manuel Santos en 2014 limitó su exposición en segunda vuelta. Gustavo Petro hizo lo propio en 2022 cuando ya lideraba. Y Rodolfo Hernández, sin rodeos, se bajó del ring en el tramo final. Ninguno perdió o ganó por eso. Porque el voto ya estaba decidido. Hay una verdad de a puño: el elector contemporáneo no escucha para cambiar sino para confirmar. No busca razones nuevas, sino que reafirma las propias. El debate no cambia mentes; organiza prejuicios. Gana el que no comete el error que el otro necesita para destruirlo.

Pero hay otro factor que suele ignorarse: la audiencia ya no es la misma. Todos sabemos que los debates dejaron de ser esos rituales que paralizaban al país. Hoy compiten con redes sociales, plataformas digitales y una oferta infinita de contenidos. Y pierden. Menos gente los ve completos. La mayoría consume fragmentos: un clip, una frase, un tropiezo. El debate ya no se sigue; se edita. Eso cambia todo. Antes, el candidato disertaba para las multitudes durante una hora. Pero en realidad, habla para el algoritmo. No importa lo que dijo, sino lo que se volvió viral.

Es que el debate se convirtió en una fábrica de momentos donde el riesgo se multiplica. Por eso dejó de ser un intercambio de ideas y se convirtió en una prueba de supervivencia. Un apunte mal dicho o una frase mal calibrada, pueden convertirse en un chasco de quince segundos que sepulta semanas de campaña. En la era moderna, solo subyace el traspié. ¿Vale la pena debatir? Depende. Si usted va perdiendo, necesita visibilidad, oxígeno y exposición. El debate puede ser su única oportunidad de romper el hielo. Pero si usted va ganando, el debate puede ser una trampa, una contravía: no le suma votos nuevos, pero sí le abre la puerta a la pifia que lo puede hacer flaquear.

Así de simple, así de crudo. El problema no es estratégico. Ahí está la paradoja por cuanto una democracia sin debates reales es una democracia sin densidad. Donde el que más propone no necesariamente gana, sino el que mejor se protege. Donde la política deja de ser confrontación de visiones y se vuelve administración de daños, resguardando al que menos se equivoca. Tal vez por eso insistir en que “el que no debate, pierde” suena cada vez más a ingenuidad. El apotegma es otro: en política contemporánea, el que debate se expone... y el que se expone, probablemente la embarra. Y, en ese vericueto, no gana el que mejor convence, triunfa el que logra no dañarse a sí mismo ante los demás.

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Por Rubén Darío Barrientos G. - opinion@elcolombiano.com.co

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