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Lecciones de una pizza

Yo, más que comer pizza, recibí una lección inolvidable. Hay que poner límites al trabajo o el trabajo nos los pondrá a nosotros.

20 de octubre de 2024
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  • Lecciones de una pizza
  • Lecciones de una pizza

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Hace un año me fui un mes entero a escribir a una casita flotante en la represa de Guatapé y alguien, sabiendo que la pizza es mi comida favorita, me recomendó un lugar donde comerla. Era miércoles cuando llamé a hacer la reservación, pero me dijeron que ellos sólo trabajaban los fines de semana. No tenían redes sociales, ni página web, tan sólo un teléfono al que casi nunca atendían. Me devolví a la ciudad, no solo con ganas de probar la pizza, sino preguntándome cómo puede sostenerse un negocio que se da el lujo de cerrar cinco días a la semana y no hace nada por promocionarse. Un año después volví a Guatapé y decidí darle otro chance a la pizzería. Esta vez era sábado. Para mi decepción la ubicación que me mandaron no era exacta y en la zona no había señal para rectificarla, fuera de eso, la vereda quedaba más lejos de lo que había presupuestado y la vía era tan estrecha que había que rezar para no encontrarse con otro carro de frente. Varias veces pensé en devolverme, pero eran las tres de la tarde, tenía hambre y había esperado un año entero. La pregunta no dejaba de dar vueltas en mi cabeza ¿Cómo diablos funciona un negocio que hace todo al revés?

Supe que había llegado porque en la carretera me estaban esperando los dueños, Janet y Luigi, ya se imaginarán, el negocio ni aviso tiene. El lugar es más un jardín que una pizzería, la huerta es impresionante, de ahí salen la mayoría de los ingredientes que usan. La pizza resultó mejor de lo esperado, sin embargo, dejó de ser lo más importante apenas me puse a conversar con ellos. Se habían recorrido gran parte de mundo siempre con la idea de trabajar lo mínimo necesario para vivir hasta que llegaron a Guatapé y ya no quisieron moverse más. Vivieron ocho meses dentro de una carpa que se inundaba todas las noches, mientras tanto, fueron construyendo la casa con sus propias manos viendo videos de YouTube. Cuando se les estaba acabando el dinero consiguieron el horno y tuvieron la pizzería en varios locales del pueblo en donde las filas, a menudo, le daban la vuelta a la cuadra. Tras la pandemia decidieron montarla en su propia casa con la idea de que los clientes satisfechos los perseguirían hasta donde fuera. Y así ha sido.

Esa tarde salí de allá pensando que, en este mundo tan afanado y virtual, la verdadera revolución es ir lento, viviendo una vida real regida por reglas propias. No son ellos los que viven al revés, somos nosotros. Se empeñan en abrir solamente los fines de semana porque los demás días se los gastan haciendo algo que el resto de los seres humanos hemos parecido olvidar: vivir. Yo, más que comer pizza, recibí una lección inolvidable. Hay que poner límites al trabajo o el trabajo nos los pondrá a nosotros. Al final, lo importante no es que sobre dinero sino que no falte nunca. Por eso es indispensable saber cuánto es suficiente, lo anterior, aplica para el dinero, para el tiempo libre y, por supuesto, para la pizza.

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