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Por Simón Pérez Londoño - opinion@elcolombiano.com.co

De la solidaridad genuina

No se me ocurre una manera mejor de recordar a Julio Acosta Arango (1939-2024) que como un hombre ético y solidario. Conjugó el verbo de servir a los otros sin ínfulas, pero con vehemencia

09 de noviembre de 2024
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  • De la solidaridad genuina
  • De la solidaridad genuina

Por Simón Pérez Londoño - opinion@elcolombiano.com.co

En una época donde el egoísmo y el afán por las cumbres del éxito material parecen ser la regla, la solidaridad y la justicia se convierten en un pilar de rebeldía. La enseñanza de estas virtudes no se realiza a través de códigos rígidos de conducta o de lecciones magistrales desde el atril, sino que son valores que se aprenden habitualmente a través de referentes que los afianzan en su propia vida.

A veces estos no se proponen aleccionar a nadie, sino que simplemente son y con ello es suficiente para irradiar caminos y transformar la existencia de otros. Es por ello por lo que en mi existencia he tenido la fortuna de contar con maestros inspiradores con los que nunca compartí un salón de clases, pero con los que disfruté en ese gran espacio ampliado de aprendizaje que es el mundo.

No se me ocurre una manera mejor de recordar a Julio Acosta Arango(1939-2024) que como un hombre ético y solidario. Una persona que conjugó el verbo de servir a los otros sin muchas ínfulas, pero con total vehemencia. A muchos nos extendió su mano solidaria sin que el resto se enterara, en el silencio del vínculo humano, que es el único terreno donde prospera genuinamente esta virtud.

Lo conocí como vicerrector general de la Universidad EAFIT, institución a la que se entregó con pasión y de la que fue egresado de su primera promoción. Su compromiso con la vida universitaria como maestro, directivo, egresado y estudiante parecía tener un norte que procedía de una convicción que lo movía desde sus entrañas. Para él la educación debía ser el punto de partida de una sociedad con igualdad de oportunidades, en la que nadie se quedara atrás por el simple hecho de no tener dinero. Muestra de ello es que hasta sus últimas horas estuvo dedicado a promover un fondo de becas entre estudiantes y egresados, con el que no sólo permitió estudiar a muchos, sino que también promovió desde allí una actitud ética que nunca disminuyó su intensidad.

La semana pasada, a pocos días de su muerte, me repetía que era necesario insistir en la importancia de forjar nuevos liderazgos que no olvidaran la solidaridad en busca de sus propios ascensos y que respetaran al otro en su propia dignidad, que es el destino compartido que tenemos como humanos. Aunque la energía vital se apagaba con los años, la llama de su causa parecía más vigente que nunca. En su memoria, ante su humanismo y sensibilidad, el compromiso es no dejarla apagar y que brille aún más vigorosa en tiempos de crisis.

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Por Simón Pérez Londoño - opinion@elcolombiano.com.co

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