Me he acostumbrado a cosas como la eterna pregunta que me han hecho los conductores de transporte público en varios idiomas y en diferentes lugares, de “si ¿la silla de ruedas también va?”, o de “si me dieron de alta”, cuando salgo de visitar a alguien en el hospital. Estas situaciones que son solo las cómicas, y otras dolorosas que prefiero olvidar, me han permitido renunciar a “ser monedita de oro y caerle en gracia a todo el mundo”.
Mi condición de discapacidad me ha enseñado a entender que es discreción de los demás aceptarme y quererme, pero es mi derecho y mi deber hacerme respetar.
Hace 16 años, tengo 30 por si alguien quiere saber, me diagnosticaron una enfermedad neuromuscular que me ha llevado a usar silla de ruedas durante los últimos...