Benjamin Franklin dijo, “¿tú amas la vida? entonces no desperdicies el tiempo, porque esa es la materia de la que está hecha la vida”. Pero cómo definir esa materia es algo que supera al reloj y al calendario. Hay momentos en los que uno se siente eterno e invencible, con la energía propia del adolescente. Otros, en los que nos embarga un sentido de urgencia, como si cayera de pronto todo el peso de la mortalidad. No siempre es fácil de asimilar porque la paciencia en exceso nos puede llevar a la parálisis, a la guillotina que puede llegar a ser una rutina que nos lleva a vivir sin entender realmente por qué vivimos, o para qué. El otro extremo, la impulsividad, nos puede empujar por el abismo del caos, las malas decisiones, el fracaso que no...