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José Guillermo Ángel
Columnista

José Guillermo Ángel

Publicado el 13 de agosto de 2022

Sobre saber oponerse

Estación No estoy de acuerdo, a la que llegan los que no concuerdan con el pensamiento de otro, los que traen proyectos más efectivos y menos caros (y con menos daño marginal), los que demuestran las equivocaciones con argumentos profundos (siguiendo un método que no lleve a confusiones), los que construyen y con la construcción ya están mostrando el camino más viable, los que acusan con pruebas concluyentes y no circunstanciales, los que conocen bien la historia y no tratan de deformarla, sino de reinterpretarla bajo ópticas distintas, los que llegan bien documentados y con las cuentas claras, los que evitan las emociones y usan siempre la razón, los que reconocen que hay algo y ellos traen lo que falta. Claro que también se cuelan los que tratan de hacer mañas, demeritando a su propio grupo; los que creen que el escándalo o la parodia son elementos argumentativos y se vuelven rey de burlas, etc.

Desde los diálogos de Platón, el oponerse a algo ha sido saludable y enriquecedor, pues establecer lo contrario lleva a que los argumentos (que deben conllevar una demostración) sean mejores desde la otra parte (con la que se está en desacuerdo) o, como bien pasa, a que se llegue a acuerdos en los que el opositor mejora lo que se discute. Martin Buber, en su libro Yo-Tú, tiene claro que estas dos palabras son primordiales para que aparezcan la pregunta y la respuesta, la acción y la reacción, el diálogo que crece (se utiliza la navaja de Okham para cortar lo que no sirve) y los acuerdos a los que necesariamente se debe llegar. Una oposición seria e inteligente, pertinente y bien basada no enrarece el ambiente, sino que lo mejora. Y si esta oposición es aportante, si demuestra que lo que dice es más practicable y beneficioso que la propuesta contraria, habrá cumplido con su propósito: evitar que se cometa un error, lo que llevaría al bienestar de todos.

La filosofía pragmática norteamericana enseña que la lógica de una verdad no es su exposición, sino sus resultados. Y una buena oposición se lleva a cabo cuando los resultados están a la mano, son incuestionables y la realidad es una y no una fantasía. Así, oponerse no es cerrar los ojos y oídos, sino definir, establecer diferencias, situar y relacionar. Y con base en esto, oponerse a lo que no es debido, a lo que daña (la ética es fundamental para saberlo) o altera las normas habidas, que son las pactadas como las mejores. Claro que en estos calores parece que la razón se dilata y lo que fluye es emoción variable.

Acotación: oponerse no es irse contra una pared o negarse a ver las evidencias. Tampoco es rabiar o delirar. Oponerse es percibir errores, incumplimiento de la normatividad, rompimiento de pactos. Oponerse es un estado racional contra lo indebido 

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