La violencia, como tantas otras cosas en la vida, como casi (o sin casi) todas las cosas de la vida, pareciera que no se hace real, que no existiera hasta que no se siente en carne propia, en alma propia. Y quienes se parapetan en los conceptos teóricos, que son muchas veces una simple barrera para ver los toros sin peligro, pueden cometer el error de intentar interpretaciones que terminan siendo casi una impudicia intelectual frente al dolor ajeno, frente a la angustia con que la violencia nimba trágicamente a los que golpea.
Marguerite Yourcenar (1903-1987), en un artículo de 1972 que leo en uno de sus últimos libros, “El tiempo, gran escultor”, comenta: “Oscar Wilde escribió en algún sitio que el peor crimen era la falta de imaginación: el...