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¡Viva Cristo Rey!

Este pecado no es exclusivo de la derecha ni de los creyentes. El gobierno que acaba de salir también practicó su liturgia, con su lenguaje de redención, sus profetas y sus herejes.

hace 1 hora
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  • ¡Viva Cristo Rey!

Por Diego Santos - @diegoasantos

En los años 50, el obispo de Santa Rosa de Osos, Miguel Ángel Builes, decía que “un campesino colombiano debe ser un soldado de Dios encargado de combatir el ateísmo liberal”. No lo dijo un fanático marginal. Lo dijo un obispo, en una pastoral, en Colombia, hoy candidato a la canonización. Antes de eso, en 1931, había escrito una pastoral afirmando que el liberalismo era esencialmente malo. Declaró pecado leer periódicos liberales y pecado votar liberal. Y hubo curas que se negaron a dar sacramentos a quienes votaban distinto.

Adelantémonos 70 años, y ya volveremos a esto. Hace unas semanas estrenamos gobierno y con él llegó un lenguaje que nos venía siendo ajeno. Referencias a Dios en actos oficiales, un tono providencial en el discurso público, una mística que no es la de un programa de gobierno sino la de una cruzada. Seré muy preciso con lo que voy a decir, porque este terreno es bien resbaloso.

Que el Presidente tenga un credo no tiene absolutamente nada de malo. Es un derecho suyo, igual que el de los casi nueve de cada diez colombianos que creen en algo. Yo soy ateo y no me molesta en lo más mínimo que un gobernante rece. Me molestaría un país donde eso estuviera prohibido.

El problema aparece cuando el credo deja de ser una convicción personal y se convierte en instrumento de las masas, cuando ya no sirve para orientar al que gobierna sino para justificar cualquier acción de su gobierno. Ahí la fe deja de ser fe y pasa a ser herramienta política, y es la más eficaz que se ha inventado, porque convierte al adversario en enemigo y al enemigo en pecador. Contra un adversario se debate. Contra un pecador no hay nada que debatir.

Este pecado no es exclusivo de la derecha ni de los creyentes. El gobierno que acaba de salir también practicó su liturgia, con su lenguaje de redención, sus profetas y sus herejes. Cambian los símbolos y el mecanismo es idéntico. Y hay algo más preocupante para los de mi orilla, y es que muchos de los que hoy nos alarmamos guardamos silencio cuando el mesianismo era de la otra corriente.

Por todo lo anterior es que vale la pena recordar lo de Builes. Porque aquello no terminó en un debate teológico. Terminó en más de 200 mil muertos. Y los que se mataron en las veredas no eran teólogos discutiendo doctrina, sino vecinos que un domingo escucharon desde el altar quién era el enemigo.

Colombia tardó un siglo en construir un Estado laico, y no lo hizo por desprecio a la fe. Lo hizo porque aprendió, a un costo altísimo, que cuando el poder político y el religioso se abrazan, el que se corrompe no es el poder. Es la fe.

Que el Presidente rece cuanto quiera. Que rece en privado, en público, donde le nazca.

Lo que no puede hacer es repartir cielo e infierno según quién lo aplauda. Porque un país no se gobierna con feligreses. Se gobierna con ciudadanos, incluidos los que no creen en nada.

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