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La plaga ya estaba entre nosotros
Crítico

Diego Agudelo Gómez

Publicado el 21 de marzo de 2020

La plaga ya estaba entre nosotros

En Utopía, la serie inglesa de 2013, una gran corporación llamada “The Network” quiere liberar un virus diseñado en laboratorio que solo ataca a personas de ciertos grupos raciales. La trama es enrevesada. Hay asesinos que persiguen a inocentes ciudadanos que se ven involucrados en el complot de cuenta de una misteriosa novela gráfica que contiene información valiosa, respuestas, incluso un posible antídoto contra el virus, un arma difundida en foros de internet para derribar las oscuras intenciones de los villanos empresariales.

Algo similar ocurre en Hunters (2020). Los nazis sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial planean liberar una enfermedad mortal en las ciudades más pobres de Estados Unidos para eliminar a los negros, latinos, árabes y judíos que habitan el país del sueño americano. No son las bombas nucleares ni las invasiones sorpresivas las armas que en estas ficciones surgen como las más efectivas para poner en jaque universal a la humanidad.

En The Walking Dead el virus es caricaturizado, pues sus efectos transforman a los vivos en hambrientos cadáveres que deambulan a sus anchas en un mundo que parece no tener salvación.

Aunque ubicada en un futuro distópico que parece alejado de cualquier realidad, 12 monos (2015) tiene algunos matices realistas. Inspirada en la película de Terry Gilliam de 1995, quien a su vez adaptó el cortometraje La Jetée de Chris Marker, esta trama de viajes en el tiempo muestra la facilidad con la que un virus, partícula infinitesimal con ansias de hospedarse en las células de un cuerpo, puede viajar a través de las rutas aéreas, transportado por algún lunático o por viajeros que ignoran el monstruo que se incuba en su interior. En cuestión de semanas, el virus aniquila a la mayoría de la población global. Solo sobreviven unos cuantos, que se refugian en catacumbas, en ciudades subterráneas, en cavernas, que diseñan un nuevo modelo de sociedad, que siguen buscando la cura, la respuesta, que solo encuentran una solución posible: viajar en el tiempo para atar cabos, no para cambiar la historia, pues esta, al parecer, es inalterable. En la superficie deshabitada, los animales salvajes reclaman territorios que habían perdido, tal y como está sucediendo ahora con los peces que vuelven a pasear por los cristalinos canales de Venecia.

La ficción de las series y el cine ha especulado de forma inagotable sobre las secuelas de una pandemia. La historia también había dejado sus lecciones. La gripe española de 1918 dejó 50 millones de muertos en el mundo. Daniel Defoe escribió un testimonio del horror en su libro Diario del año de la peste, publicado en 1722, en el que compone imágenes infernales de cuerpos arrumados en carretas y hombres que prefieren quemarse vivos a soportar las dolencias de la plaga. En La Peste, Camus narra cómo se diezma una ciudad por una epidemia propagada por las ratas. Es escalofriante reconocer en la indiferencia e inacción de algunos de sus personajes la misma actitud de los gobernantes que hoy no se alarman, no actúan, no toman decisiones sensatas.

La ficción ha inflado con giros exuberantes estas historias de pandemias. Elaboradas conspiraciones para perpetuar una hegemonía racial, delirios de limpieza y salvación fraguados por científicos dementes, conspiraciones orquestadas por multinacionales rapaces. Hoy, en las redes, tienen eco desvaríos similares: que el virus fue liberado por China para apoderarse de la economía mundial, que hay algo que no nos están contando, que un plan oscuro se cuece tras bambalinas. Pareciera que en algunas zonas se estuviera dispersando esa ceguera que en la novela de Saramago arrastró a sus protagonistas a la barbarie. No hay nada oculto, el virus está en nuestras narices y de nosotros depende que los escenarios más terribles de tantas distopías sigan perteneciendo al mundo de la ficción. Además, todavía no hemos inventado el viaje en el tiempo para corregir nuestros errores.

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